Al grano

Tolerancia en la vida pública

Eduardo Mayora Alvarado emayora@mayora-mayora.com

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En una sociedad abierta, es decir, en la que sus integrantes gozan de libertad bajo la Ley, hay ciertos ingredientes indispensables. Uno de ellos, me parece, es que ningún credo, ninguna fe, ninguna ideología, tiene carácter oficial. En una sociedad abierta, cada ser humano abraza determinadas creencias y sostiene ciertas opiniones como consecuencia de una multiplicidad de factores que, al final de cuentas, terminan en un “sí”.

Una de las imágenes de este tipo de fenómenos que ha quedado grabada para la historia es la que Voltaire ofreció de la Bolsa de Valores de Londres. Estamos hablando del siglo XVIII. En esa imagen, él contrasta cómo, al seno de aquella institución —más respetable que muchas cortes, apunta—, el judío, el mahometano y el cristiano hacen negocios entre sí y honran su palabra y se consideran honorables por ello independientemente de su fe. Gentes de todas las naciones confían en que sus contrapartes cumplirán su palabra y tienen reuniones y juntas pacíficas en las que toman sus resoluciones.

Otro de los emblemas de la sociedad abierta es la Ciudad de Nueva York. Ese “crisol donde las culturas se funden” pero también donde las culturas “se toleran”. Inmigrantes de todas partes del mundo, de todas las condiciones sociales, de todas las creencias religiosas, etcétera, conviven bajo unas leyes fundadas en ciertos principios sin los cuales todo aquello sería imposible.

Y, según creo, uno de esos principios es el de la tolerancia. Esa capacidad de escuchar acordes diferentes acompañando las mismas melodías o, a veces, melodías totalmente distintas que, sin embargo, pueden reproducirse por cualquier instrumento. Esa disposición a valorar en cada ser humano la facultad de mirar el mundo a través de lentes de colores diferentes de las lentes propias y, en definitiva, esa humildad de mirar las creencias propias como una visión más de la condición humana.

Cuando entre nosotros —o cualquier otra sociedad— hablamos de “polarización ideológica” (que, creo yo, realmente significa “polarización partidista o sectorial”), lo que realmente quiere decirse es que la tolerancia de las ideas, proyectos o creencias de los otros se está perdiendo.

La falta de tolerancia ha llevado a la humanidad muchas veces, incluso, a la guerra. Lamentablemente, uno de los peores ejemplos es el de las guerras religiosas en Europa durante los siglos XVI y XVII, pero, sin ir tan lejos, en nuestra propia tierra se ha llegado más de una vez a la violencia por la intolerancia tanto de las ideas religiosas como también de las posiciones personales frente a las políticas oficiales del partido en el poder.

Creo que es entendible que, para muchos, convencidos de que su forma de ver la economía y las políticas públicas necesarias para alcanzar el desarrollo es la acertada, la necesidad de tolerar disidencias es un problema. Creo que el libro de Alejandra Colom, Disidencia y Disciplina, muestra varios aspectos interesantes de este problema. Y, sin embargo, ha quedado claro, en la historia del desarrollo de los pueblos, según me parece, que la intolerancia empobrece material e intelectualmente.

Pienso que el mejor ejemplo es China. Su extraordinario crecimiento no se produjo gracias a que el Partido Comunista lo controle todo cada vez con mayor rigidez, sino que, en un plazo de tiempo relativamente corto —si uno se fija en su larga y fascinante historia— desde que decidió ir abriendo su economía a la iniciativa privada, es decir, desde que decidió tolerar otras formas de hacer las cosas, se ha hecho una realidad palpable su gran potencial. ¿Tiene entonces sentido que Guatemala avance en camino de convertirse en un régimen intolerante de las disidencias?