Aleph

Un juez honorable en un país corrupto

Carolina Escobar

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“Honorable” viene del latín honorabilis y significa “que es digno de ser tratado con respeto, decencia y decoro”. Algo muy difícil de encontrar en la Guatemala actual. Nombren ustedes diez personas a las que pudieran llamar honorables, que no sean solo sus familiares. ¿Hace cuánto dejaron de importarnos la honorabilidad, el respeto y la decencia por aquí? ¿Cuándo dejamos de ser prójimo? ¿Es que el mercado convirtió lo humano en moneda de intercambio, es que hemos dejado atrás la noción de vergüenza o es que nos ha llegado la hora de reconocer que somos parte de una sociedad corrupta?

Sin ínfulas moralizantes, estoy hablando en serio de lo que percibo como una crisis profunda en las estructuras de pensamiento, acción y relación en esta sociedad enferma, violenta, injusta y excluyente para millones de personas. La gente corrupta y de mala entraña, que la hay y mucha ahora en puestos de poder y de decisión, hace que quienes hemos decidido trabajar por el presente y futuro del país, vivamos día tras día la rabia, la impotencia, la frustración, la tristeza o el dolor. Y no me considero para nada una amargada pesimista o la Madre Teresa, me considero una optimista informada y “actuante”, lo cual me da derecho a hablar y a no sostener la mentira de que nada pasa mientras asistimos a la caída de una sociedad que se rompe en pedazos frente a nosotros, dejándonos sin democracia, sin justicia y con esta nueva forma de dictadura.

¿Son los medios de comunicación y las redes los responsables de las declaraciones imprudentes de un presidente con ínfulas de dictador, de que el río Motagua sea considerado el río más contaminado del mundo, o de que a la fecha se hayan perdido en este paraíso primaveral Q465 millones en vacunas por vencimiento? ¿Es la mala prensa la que inventa las muertes por desnutrición, la explotación minera que está destruyendo la franja más verde de nuestro país, la mala gestión de la cartera educativa, las 250 mil personas afectadas por las lluvias, los 14 hospitales fantasmas que el gobierno ofreció y no construyó, o la corrupción que anida en los Poderes Ejecutivo, Legislativo y Judicial?

Por eso es bueno poder llamar Honorable a un Juez como Miguel Ángel Gálvez en este momento tan oscuro de nuestra historia. Puedo imaginar lo difícil que es, para él y para otras personas honorables de distintos campos, sostenerse con la columna vertebral erguida en un país secuestrado y arrodillado por los corruptos con poder. Ser honorable en un país gobernado por la corrupción, implica recibir acoso, amenazas, y hasta temer por la propia vida. Y no es para menos, cuando se tiene, como él, la función de resolver con imparcialidad e independiencia, únicamente sujeto a la Constitución Política de la República y demás instrumentos nacionales e internacionales, casos como el del Diario Militar, que trae ecos de la guerra que nunca terminamos de sanar. El Honorable, como otros jueces y juezas, son actores centrales del sistema de justicia en cualquier Estado de Derecho y están para darle salidas institucionales legítimas a los conflictos que, como sociedad, enfrentamos. Justo lo dijo el juez Haroldo Vásquez hace pocos días: “No podemos trabajar bajo amenaza de muerte”.

Que la Historia (con mayúscula), reconozca a honorables maestros como el juez Gálvez, titular del Juzgado B de Mayor Riesgo, por su compromiso con la justicia y la verdad en innumerables casos de alto impacto. Que llegue a viejo con la cabeza levantada y la satisfacción del trabajo bien hecho. Gracias Honorable Juez por darle sentido a la palabra honorable, por su intención y su ejercicio como juzgador en estos tiempos difíciles.