Familias en paz

Un mundo solidario

Rolando De Paz Barrientos rolando.depazb@gmail.com

Cierto día hubo un gran incendio en la selva. En medio de una gran confusión, los animales huían del fuego, excepto un pequeño colibrí que empezó a volar en dirección contraria a todos los demás. Todos lo miraban con asombro, pensando en la locura que estaba cometiendo al ir hacia el fuego.

Hasta que alguien le preguntó: “¿A dónde vas? Tenemos que huir del fuego”. El pequeño respondió: “En medio de la selva hay un lago, recojo un poco de agua con mi pico para ayudar a apagar el incendio”. El otro animal solo alcanzó a decirle: “Estás loco, no va a servir para nada. Tú solo no podrás apagarlo”. El colibrí, seguro de sí mismo, respondió: “Es posible, pero yo cumplo con mi parte”. Esta fábula retrata una de las características de la sociedad actual: el individualismo, esa actitud que lleva a actuar y pensar de forma independiente con respecto a los demás. Es lo opuesto a la solidaridad, pues prioriza los derechos del individuo antes que cualquier otro, haciéndolo el centro de todo.

La falta de solidaridad denota egoísmo y poca empatía, provoca indiferencia; cada quien buscando lo suyo, enfocado en su propio beneficio sin importar la situación del compañero más próximo. Esta actitud motiva a escapar del problema, evadirlo, dejar de buscar una solución o dar su aporte individual.

La pregunta es: ¿Por qué somos cada vez más individualistas? ¿Es posible cambiar? Por supuesto que sí. La cosmovisión cristiana del individuo y su propósito es de lleno al servicio hacia los demás, nos presenta a todos en el mismo plano de igualdad, creando un sentido de solidaridad. El ser y pertenecer a Dios desarrolla una conciencia de que somos hijos y hermanos, capaces de detectar las necesidades del otro. Se comprende entonces el énfasis de las Escrituras al cuidado del extranjero, la viuda y el huérfano, así como el mandato de amarnos los unos a los otros. Se nos presenta como una comunidad donde ya no hay hombre ni mujer, ni esclavo ni libre, ni judío ni gentil, sino todos iguales ante Dios: hijos adoptivos, hermanos del mismo Padre. Una utopía para muchos —como el resto de animales de la selva—, justificando así su pasividad para no hacer nada, convencidos de que todo esfuerzo individual es inútil ante el gran desafío.

Sin embargo, la realidad es que el ser humano no puede prescindir de sus iguales, vivir en soledad o ensimismado. El preocuparse del prójimo y proveerle para sus necesidades materiales o espirituales crea un vínculo afectivo y moral que nos une los unos a los otros. Tenemos en Jesús el mayor ejemplo: se hizo solidario con la humanidad, tuvo compasión, amor, misericordia y perdón para todo necesitado. No miró la apariencia o la condición, sino simplemente amó y actuó. No fue indiferente a las necesidades.

Somos llamados a imitar su ejemplo, siendo consecuentes con nuestra fe. Se necesita la solidaridad para construir una sociedad unida, fuerte, capaz de superar cualquier desafío. Los grandes males continuarán en tanto los que tengamos la posibilidad de hacer algo estemos pasivos o indiferentes. Martin Luther King dijo: “Hemos aprendido a volar como pájaros, a nadar como peces, pero no hemos aprendido a vivir juntos, como hermanos”. Somos una nación de gente buena, sensible a las necesidades, solidaria ante el dolor ajeno. Aun cuando creamos que el aporte individual no sirve de mucho, continúa haciéndolo. La suma de muchos esfuerzos individuales creará una fuerza poderosa. Transforma el mundo no solo con opiniones, sino con acciones concretas. Sé un colibrí en esta selva de indiferencia.