Sin fronteras

Un sabadito ocurrente

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Sábado repitente, el cursor intermitente. El café está fallando, la adrenalina esperada se resiste a venir. En cambio, como siempre, el tiempo corre, el reloj avanza, y las letras que demanda esta publicación no se pegan a la hoja. Un rebelde está instalado.

Cuántos han escrito ya de esto, las confesiones que comparten quienes tienen el llamado a escribir una pieza periódica, como una columna de opinión, como esta. Más fácil —podría creerse— cuando el espacio es temático, porque siempre hay algo de qué hablar sobre el asunto en particular. No digamos si es la migración, que ocupa esta columna, y que nos da tanto de qué hablar. Pero con medio centenar de semanas en un año, una opinión temática semanal tiene otro reto principal: Cómo no aburrir. Cómo ser lo suficientemente repetitivo para fijar una postura, pero, a la vez, cómo no serlo tanto que uno mismo provoque que se pierda el interés.

El sábado es exigente, y el reloj —como siempre— está inclemente. La columna espera, y el café no funcionó. Algo diferente se tendrá que hacer.

Ha pasado otra media hora. Ya regreso de barrer. Dicen que el ejercicio conduce más oxígeno y sangre al cerebro y que, por tanto, se estimula el pensamiento. El piso ya está limpio, pero aún hay demasiado blanco en la hoja. Tanto, que un pánico se asoma en la escena. Y viene en sinergia absoluta, en una danza entre dos, con su compañera, la ansiedad.

Es de héroes y villanos ese mundo que disputan la atención, la distracción, el orden y la inspiración. A veces domina una; y en ocasiones es la otra. Hace unos días que ando escuchando los clásicos del rock/blues, de los años setenta, y es a esa excusa a la que me apegaré. Y es que la música es como los condimentos de la cocina. Hay algunos tipos que, como la sal, tienen el efecto de incrementar lo que está dentro. Digamos, un Chopin inspira, eleva y resalta. Es buenísimo para trabajar. En cambio, hay otros tipos que, como la pimienta, lo que hacen es invadir y conquistar; se apropian del momento.
Cambian el sabor, cambian el humor, y provocan abstraerse a su mundo propio. Creo que es definitivo: meterme en lo de Creedence Clearwater cuando tocaba publicar no fue una buena idea.

A veces, cuando cosas como estas suceden, tengo un par de buenas fuentes a quienes consulto sobre qué les sería de interés en la semana. Pero usualmente el consejo viene sobre lo que ya es esperado. Sobre los migrantes, obvio, que dominan estos escritos. Sobre El Ceibo, con lo que sucede. O los dilemas de don Biden, que se lleva de corbata sus promesas más humanas. O sobre la corrupción, que también invade las oficinas que habrían de encargarse de este flagelo humano. O de cómo tantos, de todos los estratos, quieren irse del país, a un lugar donde haya esperanza de un mejor vivir. Es por donde usualmente tomo camino, aunque sea más repetitivo, consciente de evitar entrar en campos que no son los propios, y cometer las imprudencias que a veces suelen leerse por estas páginas.

Imagine usted el clavo de ser empresario y opinar sobre el aspecto médico de una pandemia. O ser religioso y entrometerse en los asuntos del Gobierno, de lo público. Hay un peligro muy grande de llegar a escribir sandeces, y eso me niego a hacerlo.

Sabadito insistente, esta vez, un escrito ocurrente. Apago la pantalla, llegada la hora de la entrega. El sonido de las teclas acabará y la música —otra vez— invadirá. Esta vez el café no funcionó. Así que algo más fuerte ocupará esta tarde. Salud, a todos. Salud, en todo sentido.