PLUMA INVITADA

Una educación pandémica

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Guatemala desde por lo menos medio siglo, ha padecido de una educación escolar deficiente. Los movimientos de los sindicatos de educación con las “modas educativas” que quieren imponernos han arrastrado a una situación que es ya insostenible. Nuestro currículo escolar contempla hasta el Cálculo Diferencial e Integral a nivel de Bachillerato cuando los estudiantes aún no tienen la madurez intelectual para tal material ni los maestros la destreza para enseñarlo. El resultado es que los profesores universitarios se ven obligados trabajar con sus alumnos para “desaprender y reaprender” el material y corregir conceptos básicos.

' En otros países, como en Salt Lake City, EE. UU., las clases presenciales se interrumpieron sólo por un corto tiempo.

Carlos R. Paredes

Encima de lo anterior, el aislamiento provocado por la pandemia que ha obligado a impartir las clases de manera virtual no ha ayudado ya que el estudiante puede consultar cualquier tema en su computador o teléfono sin que el profesor se de cuenta y responder correctamente cuando en realidad no ha estudiado y mucho menos aprendido. El resultado es que tenemos una generación de estudiantes escolares que no han podido socializar con sus compañeros u más de un año, que se distraen en sus clases virtuales y que no han aprendido el material al nivel que deberían para dominarlo.

Lo irónico de la situación es que la mayoría de los padres de familia consideran el ir a clase como una actividad sumamente peligrosa en estos tiempos de pandemia. Ellos prefieren que sus hijos no aprendan al nivel necesario para salir adelante por cuidarse y mantenerse en casa. Sin embargo, todos tenemos claro que la educación que se da en las escuelas y colegios no es solo el conocimiento. También incluye destrezas de desarrollo personal y sobre todo la interacción con sus compañeros y maestros. Estas últimas características de la educación no se están cumpliendo y nuestros hijos lo están pagando. Se ha detectado que la mayoría de los estudiantes menores de 13 años pierden mucha de su habilidad a relacionarse por el encierro.

En otros países, como en Salt Lake City, EE. UU., las clases presenciales se interrumpieron sólo por un corto tiempo. Los estudiantes van a clases, interactúan con sus compañeros y maestros, y aprende en el aula. Si en el aula se presenta algún caso de contagio de covid, ya sea entre los alumnos, un familiar de los alumnos o uno de los maestros, los estudiantes son enviados a casa para una cuarentena preventiva de una semana y sus clases serán entonces virtuales. Sólo envían a casa el aula donde se produjo el contagio, no se cierra la escuela o el colegio y a la semana todos regresan a la normalidad. El centro educativo es quién debe tomar todas las medidas necesarias para evitar que se produzca algún contagio y mientras mejor lo haga, menos contagios ocurren.

Sin embargo, en Guatemala vemos a maestros que se han acomodado a la modalidad virtual y no quieren regresar a las clases presenciales. También vemos a padres de familia que no quieren que sus hijos regresen al aula porque ahora se están ahorrando el bus y las refacciones/almuerzo. Todo ello es solo puro egoísmo en donde “mi comodidad” es colocada por encima de lo que más conviene para los estudiantes.

No creo que el regreso a clases presenciales pueda aplicarse a todos los establecimientos educativos porque hay escuelas que ni agua tienen para lavarse las manos, pero si estoy convencido que la mayoría de los establecimientos pueden abrir sus puertas a clases presenciales para los alumnos que así lo deseen sin importar el color del semáforo del TAS. El virus vino a quedarse y no podemos seguir encerrados por miedo al contagio.

ESCRITO POR:

Carlos R. Paredes

Consultor en desarrollo institucional y empresarial. Máster en Economía Aplicada y Administración de Negocios. Ingeniero Mecánico Industrial. Exdirector ejecutivo del Campus Sur UVG. Exdecano de la Facultad de Ingeniería UVG. Catedrático universitario.