Liberal sin neo

Una teocracia obsesionada

Ha elegido ser un nodo de agresión y desestabilización.

“No hay mal que dure cien años ni cuerpo que lo aguante”, pero hay pueblos condenados a comprobar que cuando un mal termina, otro peor puede ocupar su lugar. Tal es el caso de Irán. Tras sacudirse el yugo imperial del Shah Reza Pahlavi, un autonombrado monarca autoritario, el pueblo iraní cayó en manos de un régimen aún más represivo: la teocracia instaurada en 1979 por el ayatolá Jomeini. Desde entonces, por casi medio siglo, la República Islámica y su líder supremo han sometido a su población a un autoritarismo clerical que combina represión política, fanatismo religioso y un expansionismo regional disfrazado de “resistencia”.

Una forma de “purificación” del mundo islámico y la restauración de una grandeza perdida

Irán es una de las civilizaciones más antiguas del mundo; fue cuna de refinamiento cultural, pensamiento filosófico y estructura política sofisticada. Teherán, Isfahán, Shiraz son más que nombres exóticos: representan siglos de arte, literatura, ciencia y civilización. Con el paso de los siglos, diferentes imperios renacieron y cayeron en esas tierras. En el siglo XX surgió el modernismo autoritario bajo el Shah, derrocado y sustituido por una teocracia represiva que prohíbe la disidencia y pretende imponer una rígida moral pública islámica.

Es desconcertante que el actual régimen haya perdurado tanto tiempo y que un país con tanto potencial humano, cultural y económico haya optado por una política exterior marcada por el fanatismo y la confrontación. En lugar de desarrollarse con sus recursos petroleros e integrarse al mundo, el régimen de Teherán eligió el aislamiento estratégico, la alianza con regímenes autoritarios como Rusia, China y Corea del Norte y el gasto de inmensos recursos en financiar milicias en Irak, Siria, el Líbano y Gaza.

La obsesión con Israel —un país pequeño, democrático, próspero— es intensa y trágica. Irán ha invertido décadas y vasta cantidad de recursos en cercar a Israel con grupos como Hezbolá, Hamás, milicias en Irak, Siria y Yemen, proveyendo armas, entrenamiento y respaldo logístico. Su manía por desarrollar armas nucleares ha corrido en paralelo a amenazas explícitas de “borrar a Israel del mapa”. Parece inexplicable cómo esta teocracia chiita fomenta un odio tan visceral y se empeña en destruir a un país lejano con el que no comparte frontera ni historia de guerra.

La explicación es tanto ideológica como geopolítica. El régimen iraní necesita enemigos externos para legitimar su poder. Estados Unidos e Israel son el “Gran Satanás” y el “Pequeño Satanás”, divinidades enemigas que movilizan emociones religiosas, distraen de la miseria doméstica y legitiman la represión. El régimen teocrático ve en la destrucción de Israel no solo una victoria estratégica, sino una obligación religiosa; una forma de “purificación” del mundo islámico y la restauración de una grandeza perdida. Es una visión reaccionaria, peligrosa y profundamente destructiva.

Un artículo reciente de Thomas Friedman en el NY Times explica cómo la ofensiva estadounidense contra instalaciones nucleares iraníes es parte de una confrontación más amplia entre las democracias liberales y un eje autoritario global. Irán, en lugar de liderar con cultura y comercio, ha elegido ser un nodo de agresión y desestabilización en Medio Oriente, poniendo en riesgo no solo su población, sino también su soberanía. Como Rusia, Corea del Norte o Cuba, Irán es una sociedad atrapada en un círculo autoritario. La historia enseña que el fin de un mal no garantiza el inicio de un bien.

Irán tiene todo para ser una potencia cultural y económica; primero debe liberarse del autoritarismo clerical y de la mentalidad que lo sostiene.

ESCRITO POR:

Fritz Thomas

Doctor en Economía y profesor universitario. Fue gerente de la Bolsa de Valores Nacional, de Maya Holdings, Ltd., y cofundador del Centro de Investigaciones Económicas Nacionales (CIEN).

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