Sin fronteras

Vicio o virtud: exportaciones nostálgicas guatemaltecas

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Me topo con un envase vacío de Lemon Crush abandonado en el parqueo frente a la tienda Verapaz, en el estado de Tennessee. ¿Qué es más chapín que esta imagen? Si la industria nacional mostrara gráficamente las semillas de sus nuevas expansiones hacia el norte, estoy seguro de que más postales como esta saldrían a la luz. Cuánto producto hecho en fábricas nacionales es exportado y luego distribuido en los lugares con amplia presencia de emigrados paisanos. En tiendas y abarroterías. Las independientes, de emprendedores chapines que le venden allá a los paisanos, pero también las de las grandes cadenas, que no son solo visitadas por consumidores del mercado nostálgico propio, sino también por público de todas las nacionalidades que integran lo latino a sus dietas y costumbres. Los migrantes, sirviendo de punta de la lanza, de habilitadores de una opción de crecimiento de quien aproveche la oportunidad sin precedente: incursionar más fácilmente al consumo cotidiano del merado más grande del planeta.

Habría que ser estudioso de los mercados para asegurarlo con certeza. Pero no veo otra forma de haberlo logrado que teniendo una masa de consumidores propios, comprando los productos que les activan la nostalgia. Son muchas marcas, como esa Lemon Crush, cuya importación desde EE. UU. es más fácil de comprender, pues son marcas solo populares en países como Guatemala. Pero se mira que el fenómeno va mucho más allá, con anaqueles llenos en las tiendas, incluso de productos como Pepsi Cola, envasada en Guatemala. Ciertamente, se explica que el sabor de esta es diferente, en especial por el ingrediente utilizado como endulzante. Pero, dígame usted si no le parece algo explosivamente extraordinario. ¿Qué más gringo que una Pepsi Cola? Aún así, ese nuestro producto nacional ahora se vende allá, a un precio más caro que el local. Así de potente es el poder de la nostalgia. Las tiendas están surtidas de producto nacional. Frituras, conservas enlatadas, cerveza, licor, jugos, harinas y un listado interminable de productos, una buena parte de ellos fabricados por las empresas más grandes de la industria guatemalteca.

Surgen preguntas. ¿A cuánto ascienden las exportaciones nostálgicas nacionales que son consumidas por migrantes en Estados Unidos? ¿Cuánto porcentaje de las exportaciones nacionales son gracias a ellos? Eso, por supuesto, porque subyace otra interrogante de más profundo impacto: ¿Cuánto de la economía interna depende de nuestra población expulsada y que vive irregularmente en otro país? Y se motiva, entonces, una preocupación: ¿Qué motivación puede tener entonces la cúpula empresarial de cambiar el sistema económico, si su fracaso —traducido en el éxodo— significa oportunidad de ampliarse al mercado internacional? Y, una pregunta francamente alarmante: ¿Es este un modelo políticamente viable, económicamente sostenible, éticamente virtuoso?

Las preocupaciones de la migración son latentes para un país que se precipita en su dependencia nociva. Se proyecta que 2021 cerrará con remesas cercanas a los US$15 millardos. Hace cuatro años era la mitad. Y esto compite contra el indicador de la producción interna, pero esta última también se apalanca con el consumo creciente de migrantes en el exterior. Oportuno momento de reflexión. Por supuesto que inspira una sensación de logro ver producto nacional a la venta en el extranjero, pero es innegable que un problema subyace como propiciador de esta oportunidad. Valioso será aprovechar este momento único en la historia para construir un modelo que garantice más sostenibilidad.

La otra alternativa sería llenarse los bolsillos. Pero eso solo es para algunos pocos y solo para mientras dure esta oportunidad.