Aleph

Coup d’État

Carolina Escobar Sarti cescobarsarti@gmail.com

Perdonen la pedantería de escribir en francés, pero es que veo que aunque todo el mundo proteste por el tema de la soberanía, no dejamos de estar influenciados por los mariachis y los tacos, las hamburguesas y el lobbying, el futbol español, o las pomme frites. Y ya que termino en francés, aprovecho a decir por qué este artículo lleva el título de coup d’État, que en buen español quiere decir “golpe de Estado”.
Esta expresión (que me han dicho que no la diga porque no es políticamente correcta pero quizás al decirla en francés no suene tan mal), fue usada en la Francia del siglo XVIII para definir el accionar de un rey que, sin el menor respeto a la legislación o las normas sociales imperantes, golpeaba al Estado cuando quería deshacerse de sus enemigos. El pretexto real de aquel autogolpe era que tales medidas eran necesarias para mantener la seguridad del Estado, por el bien de todos. Algo así como lo que acabamos de vivir con el gobierno del FCN contra la Cicig.

En el S. XIX, el término incluyó la acción violenta de una fuerza del Estado para descabezar a ese mismo Estado. De allí mamaron los golpistas que abundaron durante el S. XX en Guatemala, cuando el Ejército desplazó a más de un gobierno establecido. Justo a partir del análisis crítico de las acciones del fascismo y el nazismo, hay teóricos que señalaron que la diferencia entre golpe de Estado, Guerra Civil y Revolución es el elemento sorpresa del golpe y la poca duración de las operaciones, que reducen a su menor expresión cualquier confrontación armada. Algo así como la sorpresa que nos llevamos cuando vimos las tanquetas en las calles guatemaltecas hace pocos meses.
Cuando comenzaron a desaparecer las dictaduras latinoamericanas, hace ya cuatro décadas, el término golpe de Estado comenzó a significar modalidades más complejas y menos evidentes. En el caso guatemalteco ya no escuchamos la marimba en la radio ni la voz del locutor anunciando al nuevo ocupante de la silla presidencial, ni vemos a todo el Ejército en las calles. En el S. XXI, el golpe de Estado llega de muchas otras formas, con la generación de un caos social apoyado por netcenteros y medios de comunicación afines al “golpismo”; con los llamados “golpes de mercado”; como un “golpe de Estado constitucional”, que no es más que el abuso de quienes están en el poder para cambiar las autoridades que les molestan del régimen político; o como un “golpe de Estado técnico”, en el cual se quedan las autoridades de los poderes ejecutivo, legislativo y judicial, pero desde estos y otros grupos de poder (económicos, políticos, etc.) hay acciones de desacato de tipo extorsivas, que dejan a la justicia debilitada, de manera que esos grupos logren de las autoridades una respuesta a sus particulares intereses.
Así, llegamos al día de hoy en Guatemala. Con campaña electoral a la puerta y teniendo que decir en voz muy baja que vivimos un golpe de Estado en cámara lenta, con todo y el paquetón de leyes que ahora está en el Congreso, incluida una ley de amnistía que nos quiere borrar la memoria para llevarnos al Leteo, sin pasar por la justicia. En nombre de la sacrosanta y vacía institucionalidad o de esa tabla de salvación que para algunos representan las siguientes alegres elecciones, nos tendrán golpeados y distraídos con temas importantes que nos confrontan, como la pena de muerte, el aborto, los derechos LGBTIQ, y otros que podríamos dejar para los siguientes cuatro años, sin engancharnos ahora.
No cabe duda de que pueden más una idea fija o un prejuicio que la evidencia que tenemos frente a nosotros. Aceptamos un engaño consensuado o una mentira repetida muchas veces por años, aunque estemos viendo que la realidad es distinta. Se entiende, porque nuestra realidad es dolorosa, cansada y compleja. Este gobierno ha querido despojarnos de todo, incluso de la intención democrática que define nuestro horizonte. Pero no hay santo que se haga a palos, ni país que se levante y crezca a golpes.