Crisis de valores
El segundo, la crisis económica mundial del 2008 generada por el colapso del mercado hipotecario en Estados Unidos que llevó a instituciones financieras a la quiebra. Estudios realizados indican que la causa principal fue la escasa supervisión, sin mencionar el alto nivel de endeudamiento de los deudores y la codicia de los funcionarios del sector financiero que ignoraron el riesgo de sobreendeudamiento. Larry Zickin, profesor de la Universidad de Nueva York, indica que “la avaricia se puso por encima de la diligencia”. Todos los involucrados tuvieron parte de culpa: los consumidores que pidieron financiamiento aún sobre su capacidad, los bancos al ignorar el riesgo y los reguladores por no actuar a tiempo.
Ambos ejemplos enseñan que para entender cualquier crisis debemos ir a las causas finales, y para evitarlas o superarlas se requiere que todos actuemos de manera ética y responsable. De otra manera estaremos tratando de curar un cáncer con aspirina. Toda acción individual y colectiva causa impacto en la sociedad, si es positivo y negativo dependerá de la coherencia de las acciones con los fundamentos éticos y morales que nos sustentan.
No importa cuál sea nuestro ámbito de acción; nuestro actuar será determinante para la sociedad en su conjunto, se fortalecería si todos actuásemos de manera responsable: en nuestra paternidad, en la fidelidad conyugal, en la actitud y forma que trabajamos, en nuestra forma de gobernar y administrar los recursos públicos, en la forma de impartir justicia pronta e imparcial, en la manera de hacer negocios, siendo justos y cuidadosos del medioambiente, en la excelencia al educar e instruir a las nuevas generaciones.
A menudo esperamos factores externos para generar un cambio: incremento de ingresos, ayuda internacional, un nuevo gobierno o determinado modelo económico. No niego que sean necesarios cambios institucionales, pero finalmente la solución comienza cuando cada uno de nosotros se compromete a actuar con ética e integridad, respetando la dignidad humana. Ignorar el valor de la vida, la fidelidad conyugal, la paternidad responsable y la honestidad es plantar la semilla de nuestra propia destrucción.
Los valores no deben quedar solamente en frases bonitas, sino llevarlos a la práctica iniciando en casa, y a partir de allí extenderlos a todos los ámbitos. Este punto es determinante, porque quien no sabe gobernar su casa tampoco podrá gobernar una empresa, menos una nación. Un sistema solo funciona cuando quienes lo operan actúan de manera coherente con sus principios.
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