PERSISTENCIA

De los críticos y de los creadores

Margarita Carrera

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El creador casi siempre tiene aversión a los críticos de arte. Y en múltiples ocasiones con sobrada razón. Los espejuelos que se ponen éstos para analizar su obra artística son impertinentes. Aunque se los pongan con la mejor buena fe. No sabemos por qué causa, inconsciente, hemos tomado últimamente cierto resquemor contra los críticos y la crítica literaria. Talvez porque, o bien notamos que se pierden en resquicios mortuorios de eruditos, o bien nos damos cuenta de que nos entregan “pretextos” más que “textos”, “sutilezas” más que “vida”. Y vida y creación son inseparables. Son “pasión” (del griego “pathos”: emoción, afección), que se niegan rotundamente a todo análisis frío, lógico, calculado, interesado o tendencioso.

Lo peor del caso es que ese dedo acusador lo hemos de lanzar también contra algunos de nosotros que, en alguna que otra época de nuestra vida, hemos hecho “crítica”. Los repudiamos como seres adversos nacidos de nuestro yo lógico, analítico, inquisitivo. En cambio, cuán diferente es siempre con alegría y nos deslumbra. También cuando hemos logrado cierta belleza al escribir una creación sobre otra creación (Los críticos llaman a esto “crítica subjetiva o impresionista”). Eso no nos importa. Hemos logrado un poema sobre otro poema y ello nos alegra sobremanera.

Preferimos, por ello, leer exaltaciones, plenas de adjetivos y de imágenes, u horrendas vituperaciones, plenas de odio y de veneno. En ambos casos lo leemos sabrosamente. Podemos no estar de acuerdo con las alabanzas o los insultos, pero si conllevan vida, pasión, nos hacen penetrar en la obra a la cual exaltan o atacan de una manera más directa: por vía de la emoción, que es con la única con la que podemos tocar mejor el alma del artista.

Ahí, en nuestra biblioteca, permanecen sin abrir muchos libros de “crítica”. Que sirvan de deleite a la voraz polilla. No sabemos qué nos llevó a adquirirlos. Lo cierto es que si alguna vez los hemos abierto, inmediatamente los cerramos, por el tedio inmenso que nos provocan. En verdad los críticos no escriben para gente descreedores de la crítica. Aunque no dudamos de su docta palabra que consagra a nuestros escritores, o de su silencio que los condena al olvido. Generalmente dan cátedras y analizan las obras literarias con rigor. Los alumnos —no creadores— siguen sus pasos y piensan a través de ellos o de sus análisis van a llegar a comprender la literatura. Se someten. Olvidan la libertad. Y sólo con libertad se puede llegar al creador, con libertad y pasión. Que es de lo que los críticos carecen. Que es lo que poseen –además de talento y oficio– los creadores.

¡Qué abismo entre un crítico y un creador! En verdad, pensamos, que no se entienden, o que se entienden muy poco. Hasta su manera de ser: de andar, de hablar, de comer, de reír es distinta. Jamás he oído la carcajada sincera y sabrosa de algún “crítico”. En cambio, ¡que bella la risa de los creadores, y sus insultos y sus llantos! No cabe duda. Unos y otros no se entienden. Los críticos van uniformados, los creadores, los creadores se presentan generalmente descacharrados o desnudos o aparentan llevar trajes elegantes, pero al escucharlos se les nota que estos trajes elegantes son un simple disfraz para equis fiesta de carnaval. El traje de los críticos es —aunque aparente desaliñamiento— siempre pulcro. Forma parte de él mismo, encerrado en su mundo de estéril erudito, de husmeador insufrible.

Para mientras, por ahí deambulan los creadores, muchas veces mal vestidos y peor comidos, haciendo trabajos enajenantes que no tienen nada que ver con su auténtico oficio: el de escritores. Y no hablo de los que se dedican a las artes plásticas, a la música o a la arquitectura, porque ellos sí se ganan la vida decorosamente en el desempeño de su oficio.

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