Desigualdad e ideología
pues per se no necesariamente es negativa o positiva. También depende de qué tipo de desigualdad se habla. En contextos favorables de movilidad social, los efectos de los niveles de desigualdad de recursos pueden ser menos negativos que donde la concentración de estos permanece estructuralmente en el tiempo en un segmento específico de la población.
Existen razones y consecuencias pragmáticas de la desigualdad que compartirán personas con diferentes visiones políticas en el espectro ideológico. La evidencia empírica desde diversas perspectivas muestran consecuencias negativas y costos económicos, sociales y ambientales hacia individuos en Estados donde desigualdades estructurales prevalece. Así como la igualdad absoluta de ingresos o recursos es imposible —o incluso indeseable— obtener en una economía de mercado, también las asimetrías estructurales combinadas con grandes niveles de pobreza absoluta, estados capturados e instituciones débiles sugieren —según diversos estudios— escenarios indeseables para el bienestar individual, empresarial, social y/o ambiental. (Wilkinson 2010, Stiglitz 2012, Freeland 2013, Prendergast 1996, entre otros).
La desigualdad debe abordarse desde diferentes aristas, con seriedad, argumentos robustos, sólida evidencia y con lentes diversos para explorar soluciones a sus causas y consecuencias. La desigualdad de la riqueza es indeseable desde una visión económica cuando amenaza a la libertad de competir por la concentración de mercados en pocos productores y el abuso del poder monopólico de empresarios que coluden y actúan en detrimento de la economía de mercado. Emprendedores y esforzados/as empresarios enfrentan muchas más barreras de entrada cuando quienes concentran los mercados también concentran factores productivos estratégicos, poder mediático y utilizan su consecuente capacidad económica capturando al Estado y manipulando a la opinión pública a su favor. Incluso creando un ethos social a favor de las asimetrías estructurales.
En lo político, la desigualdad es indeseable cuando la democracia es convertida en plutocracia. En lo social, cuando la movilidad intergeneracional hacia arriba es rígida y la propensión a caer en la pobreza es mayor que salir de ella.
Quienes se benefician de las asimetrías estructurales en Guatemala distorsionan el debate pragmático. Comprensible, precisamente porque los “principios ideológicos” que promueven —desde el sentido común hasta el teórico laissez faire— no son los mismos por los cuales obtuvieron los recursos que hoy concentran, heredan y que les posicionan en lo más alto de la pirámide social.
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