La era del fauno

El engorde de descerebrados: financiamiento electoral ilícito

Juan Carlos Lemus @juanlemus9

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Juan Carlos Lemus

Cuando se nos pone delante algo que nos disgusta, pero que ya sabíamos; cuando lo que intuíamos más lo que íbamos evidenciando se nos descubre frente a los ojos, es ingenuo sentir sorpresa. A muchos no nos extraña que los empresarios se hayan asegurado el poder financiando ilícitamente a los partidos políticos. Es lo que se ha venido denunciando hace rato. Lo sorprendente es que muchas personas no lo creyeran. Desconcierta todavía más la forma en que los empresarios piden -por cierto, ni siquiera “ofrecen”- “piden” una disculpa al país.

No reconocen haber cometido ilícitos, se disculpan por haber actuado, dicen, “de buena fe”. No admiten que la CICIG y el MP los investigan por financiamiento electoral ilícito, prefieren decir que se debe a un “caso de apoyo a FCN-Nación”. A su culpa la denominan “asumir un rol activo en el desarrollo del país”.

Esa intervención, ese delito, una verdadera monstruosidad, ese “apoyo” afianzó y financió el crimen, pues los empresarios contribuyeron con varios millones de quetzales a colocar en el poder a quien detiene los avances contra la corrupción: al inepto de Morales, obstáculo para la justicia, bisagra del Pacto de corruptos.

Cuando empezó a caérsele la máscara a Morales fueron esparcidas en medios y redes sociales argucias que exaltaban una guatemalidad enrarecida, un nacionalismo hipócrita con mensajes de exculpación al gobierno al enfatizar que el cambio “empieza por nosotros”, que quien no contribuye al cambio “no quiere a mi Guate”; que las investigaciones estaban afectando la economía y los empleos; que a la CICIG se le iba la mano; que quien no apoya al gobierno, a sus fuerzas armadas y a los empresarios que sacan adelante a este país son comunistas, marxistas y homosexuales; que si no hacíamos caso como borregos acabaríamos como Venezuela o Cuba; que valoráramos “nuestra linda Guatemala”. Toda esa mentira -la llamaremos mentira por evitar la grosería correspondiente- permeó en el ciudadano que ha sido entrenado durante décadas para recibir palo tras palo, mentira tras mentira y responder dando las gracias.

Esos que ahora salen ofreciendo disculpas -digo, “pidiéndolas”- han cometido la monstruosidad de engordar descerebrados para mangonearlos. Es el caso de lo hecho con Morales y Jafeth Cabrera. Esas disculpas sirven solo para que no quepa duda de su involucramiento en la compra de un presidente con todo y gabinete. Como excusas, caen en saco roto. Cómo esperar que honren su palabra si deshonran la democracia. Cómo aceptar un reconocimiento parcial, trabucado. Ni siquiera bajaron de su nube. Por el contrario, apelando a sus virtudes dijeron reconocer “con humildad” que “sin saberlo, se cometieron errores”.

Entiendo la alegría de quienes ven gallardía y heroicidad en esa disculpa pública. Lo entiendo, no en el sentido de estar de acuerdo, sino comprendo los mecanismos de la infamia de este país: se le pega, se le soba el morro y se le estimula el olvido.

Nada garantiza que estos empresarios no seguirán haciendo lo mismo. No tengo en la menor estima sus disculpas. Obstaculizaron el camino. Intentaron echar del país al Comisionado Velásquez. Sus bisagras menores hacen lobby en Washington y juntan corruptos en los hoteles; son los Jovieles Acevedos, los Jimmys Morales, los Alfonsos Alonzos del empresariado; han construido un imperio de horror e injusticia, y cuentan con la bendición del representante del papa Francisco, el nuncio de la corrupción Nicolás Thevenin. Compraron jueces, diputados, magistrados, un títere. A cambio, ofrecen disculpas, qué digo, las “piden”.

@juanlemus9