A contraluz

El millennial que gobernará a El Salvador

Haroldo Shetemul @hshetemul

Con el arrollador triunfo de Nayib Bukele ha cambiado la correlación de fuerzas en El Salvador y Centroamérica. Este joven empresario de 27 años que pertenece a la generación millennial pareció conectar su mensaje aparentemente desideologizado con las nuevas generaciones, lo cual determinó el quiebre de las viejas estructuras políticas surgidas del fin del conflicto armado en 1992. Esa tradición partidaria estaba encarnada en Arena, que gobernó 20 años, y el FMLN, otros 10 años. La rampante corrupción, la violencia desenfrenada, principalmente de las pandillas juveniles, y la agudizada pobreza fueron el caldo de cultivo que habría determinado en gran medida la victoria del exalcalde de San Salvador.

Las promesas de justicia social y combate a la violencia que ofreció el FMLN en sus dos gobiernos consecutivos fueron una total farsa, porque la situación siguió igual que durante los tres gobiernos anteriores de Arena. Las imágenes de salvadoreños que se han unido a las caravanas de migrantes que tratan de llegar a Estados Unidos fueron el telón de fondo de una campaña de Bukele que ofreció un cambio. A diferencia de la maquinaria electoral de los dos partidos tradicionales, este candidato presidencial utilizó las redes sociales para llevar su mensaje a las nuevas generaciones. El discurso de Bukele es difícil de encasillar en la derecha o la izquierda porque apela precisamente a aspectos de ambos sectores políticos. No en balde proviene de las filas del FMLN, del cual fue expulsado en el 2017, y utilizó como vehículo partidario a la Gran Alianza por la Unidad Nacional (Gana), una escisión de Arena, además de ser calificado de autoritario por sus críticos.

¿Podrá cumplir sus ofrecimientos de campaña? Bukele ha prometido instalar una comisión similar a la Cicig para que combata la corrupción, lo cual pareciera contradictorio si se ve que llega al poder de la mano del partido Gana, cuyos principales dirigentes han estado envueltos en múltiples casos de corrupción. Ha planteado el desarrollo de grandes obras infraestructurales, como un aeropuerto, un tren y un puerto marítimo, en un país con un gran déficit presupuestario, lo cual suena a populismo para atraer el voto masivo, sin saber cómo financiará sus propuestas y sin tener un programa político definido. El nuevo gobernante tendrá que sopesar que su partido apenas tiene 10 diputados de una Asamblea Legislativa integrada por 84 representantes, lo cual implica que deberá negociar iniciativas de ley con Arena para contar con el respaldo de sus 37 parlamentarios. Eso implica que Arena tendría derecho de picaporte en las futuras políticas de Estado, al menos hasta el 2021, cuando se efectúen las próximas elecciones parlamentarias.

La derrota electoral del FMLN fue aplastante, al conseguir apenas el 13.7 por ciento de los votos, con lo que también perdió la alcaldía de San Salvador. Pero la debacle del partido de izquierda viene desde las elecciones legislativas del año pasado, cuando apenas obtuvo 23 diputados y ahora no tiene cómo incidir en la Asamblea Legislativa porque la derecha tiene el control de las mayorías simple y calificada. También perdió la posibilidad de incidir en la elección de cinco magistrados de la Corte Suprema de Justicia, de los cuales, cuatro integrarán la Sala de lo Constitucional por nueve años. A nivel internacional, se modifica la correlación de fuerzas en el istmo. Para no dejar dudas sobre su posición política, Bukele tuiteó el 23 de enero pasado que “dictadores como (Nicolás) Maduro en Venezuela, (Daniel) Ortega en Nicaragua y Juan Orlando (Hernández) en Honduras jamás tendrán ninguna legitimidad porque se mantienen en el poder a la fuerza y no representan la voluntad de sus pueblos. Dictador es dictador, de derecha o de izquierda”. Está claro, pues, que El Salvador se encamina hacia una nueva etapa política.