HORIZONTESAprendí
Hace un año enterraba a mi hermano Martín. Ayer, cuando se cumplía el primer aniversario de su muerte me pregunté sobre lo que llevo de mi vida ¿qué aprendí? Tengo que reconocer que temprano, cuando apenas tenía tres años aprendí que los lavamanos no son caballos y que gracias a Dios mi mano no perdí.
A los cinco años me di cuenta y aprendí que los loros sin alas no volaban cuando se les tiraba de un segundo piso.
A los diez años y ensayando para la clausura, aprendí que era posible estar enamorado de cuatro chicas al mismo tiempo.
A los trece y creyéndome muy machito, aprendí que si mi mano pesaba, la de mi contrincante pesaba más y me ponía morado.
Y cuando más tipo me sentía, aprendí apenas a los diecisiete años que estar enamorado no necesariamente significa estar casado; además, aprendí que se puede hacer en un instante, algo que te va a hacer doler la cabeza la vida entera.
Con cédula en la mano porque ya tenía los dieciocho, aprendí que trabajando duro podía pagar el parto de mi primera hija.
El tiempo pasaba ahora más rápido que antes, y cuando finalmente ya tenía 20, aprendí que los grandes problemas siempre empiezan pequeños.
A los veintisiete, descubrí que a pesar de creer que no podía amar y ser amado, se puede ser más amado y amar aún más.
A los treinta y cuatro, aprendí que no se cometen muchos errores con la boca cerrada.
A los treinta y ocho, aprendí que, siempre que estoy viajando, quisiera estar en casa; y siempre que estoy en casa me gustaría estar viajando.
Cuando cumplí los treinta y ocho aprendí que la violencia que nos rodeaba a todos me confrontaba por primera vez con la muerte, la de mi hermano Pablo.
Para mis cuarenta aprendí que, si estás llevando una vida sin fracasos, no estas corriendo los suficientes riesgos.
Y con el pasar de los años aprendí aún más: que puedes hacer a alguien disfrutar el día con solo enviarle una pequeña postal.
Que niños y abuelos son aliados naturales. Que es razonable disfrutar del éxito, pero que no se debe confiar demasiado en él.
Que no puedo cambiar lo que pasó, pero puedo dejarlo atrás. Que la mayoría de las cosas por las cuales me he preocupado, nunca suceden.
Que si esperas a jubilarte para disfrutar de la vida, es esperar demasiado tiempo. Que nunca se debe ir a la cama sin resolver una pelea.
Que si las cosas van mal, yo no tengo por qué ir con ellas. Aprendí que envejecer es importante. Aprendí que amé menos de lo que hubiera debido.
Y hoy… me doy cuenta que todavía tengo mucho para aprender. ¡Gracias, querido hermano! ¡Hasta la próxima, el domingo!