HORIZONTESOjos que no ven

FRANCISCO BELTRANENA.

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Esta historia comienza en una estancia que estaba a punto de recibir a los comensales invitados: en un sinfín de mesas se habían dispuesto más de un centenar de bandejas de oro y cristal con piedras preciosas incrustadas.

En el centro de la sala había también un impresionante conjunto de cojines y almohadones de fina tela en vivos y variados colores en los que predominaba el azul y el amarillo. Todos ellos orientados hacia un patio en el que había un impresionante jardín, cuyo suelo parecía estar recubierto de la misma alfombra que reproducía los motivos ornamentales de la cúpula, entre los que se podían leer cosas como: ¡nadie es más que otro si no hace más que otro!

Los árboles frutales que allí también crecían estaban cargados de frutas que, con la fuerza del viento de las tormentas de septiembre, se precipitaban sobre el agua que corría hacia la piscina. Y, como atraídos por el movimiento, pájaros multicolores y de variopinto aspecto volaban detrás de las frutas maduras con rápidos movimientos de alas y armoniosos trinos.

A la derecha y a la izquierda, aposentadas en bancos de madera de cedro con adornos de plata, se encontraba un gran grupo de hermosas doncellas elegantemente vestidas y sosteniendo diversos instrumentos musicales.

Las melodías que entonaban se mezclaban en perfecta sintonía con los trinos de los numerosos pájaros y pajarracos que revoloteaban por el patio, el susurro de la brisa, el murmullo del agua y los suaves golpes de la fruta al caer.

Ni Oscar ni Miguel y los del selecto grupo que les acompañaba tenían palabras para describir lo que sus ojos podían contemplar: tanto la estancia donde primero se habían aposentado como el patio interior habían cautivado sus mentes y sus corazones. Así se lo expresó Miguel a sus compañeros: ¡todo esto será inevitablemente de nosotros. La suerte hoy si está de nuestro lado!.

Queridos amigos, dijo Miguel, mientras Oscar y Eduardo le miraban con admiración y aprecio, un hombre que esté en sus cabales que sea clarividente, inteligente y cultivado tiene que estar maravillado ante este panorama.

Yo, personalmente, estoy fascinado de veras y tengo la impresión de que, aún siendo tremendamente afortunado, el destino finalmente me ha jugado una buena pasada al hacerme enamorar con tal pasión que sólo me causa tremenda aflicción. Les aseguro que nada me preocupa, más bien por el contrario, me siento tan seguro que en nada me equivoco, y si me equivoco, apenas será por nada.

Ya sé que ésta es la suerte de quién ama con el corazón, y puesto que nada me impide decirlo, me gustaría saber, ¿qué intención tiene mi amada al convocarnos aquí, en la morada del mismísimo Califa?

No cabe la menor duda que, ojos que no ven, corazón que no siente.

¡Hasta la próxima!.

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