HORIZONTES¿Una Tercera Vía?

FRANCISCO BELTRANENA.

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Comienzo estas apariciones de domingo (además de las de los jueves) con una pregunta que hoy por hoy, bien podría parecer mal intencionada: ¿será posible que el camino sea una Tercera Vía? Me planteo esto porque aunque falta aún mucho tiempo, la campaña política está en plena efervescencia y los partidos buscando sus contenidos ideológicos.

Uno de los axiomas más exactos que he leído es el que dice que: en Economía, cuando toda va mal, lo único que en verdad va mal es la Política. En Política cuando toda va bien, lo único que de verdad va bien es la Economía. Aquí no hay tu tía. Ni Santa Rita de Casia, la de los milagros más imposibles.

No obstante, hay algunos que insisten en preguntarse:¿tendrá futuro una idea de laboratorio que intenta encontrar un camino intermedio entre el capitalismo y el socialismo? La gente buena de medio mundo creyó a ojos cerrados y pies juntillas, que la Tercera Vía era la solución a todos los problemas que planteaba hace una década la distribución de la riqueza creada. Pero el tiempo se ha encargado de demostrar que el Estado Bienestar tiene serias limitaciones técnicas. La más importante de ellas, que una distribución tacaña con bajos impuestos lleva a la acumulación de capital pero usualmente da como resultado la crispación social; y una generosa con impuestos altos se traduce en la penalización del trabajo y una población que queda ociosa de costos tan altos que nadie puede asumir semejante trabuco.

Ambas tienen nefastos resultados electorales, especialmente en sociedades donde la longevidad felizmente ha aumentado y donde la jornada laboral se ha reducido. La primera vía, la del retorno al capitalismo puro para mantener el crecimiento económico, llevaba al abismo. La segunda, la de la extensión de los límites del Estado del Bienestar, a un callejón sin salida. Por eso la Tercera Vía fue acogida con entusiasmo tanto por la izquierda como por la derecha.

No tomó mucho tiempo para comprobarse en otras latitudes, que el invento era sólo un malabarismo teórico para ganar la confianza electoral del centro político, ese espacio que casi todos los partidos quisieran ocupar. La izquierda de esa manera se quita la cafeína a cambio de que la derecha se vuelva light. Teóricamente el resultado era como la invitación a participar de festín. Sonaba como una verdadera ambrosía; pero en la práctica, no llegaba ni a carne ni a pollo ni a pescado.

Su inventor, Anthony Giddens, ha construido una teoría, la que sociológicamente era una idea genial. Como programa político, una verdadera mamarrachada, que lo único que ha logrado es que la izquierda en los países de la Europa del Bienestar vote por la nueva ultraderecha. ¡Hasta la próxima!

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