HORIZONTESVaya si no duele
Por increible que parezca, hace ya nueve días cuando mediaba la tarde recibí una llamada en el celular en la que una voz amiga me decía: ?Vos Pancho, media Guatemala está de luto. Qué pena tan grande.
Que gente más buena hemos perdido?. Aquellas palabras venían de uno de mis profesores y sin lugar a dudas de uno de los mejores consultores políticos de Guatemala, Alberto de Aragón, quien me llamaba desde Miami donde como conferencista invitado estaba impartiendo un curso de campañas políticas.
Esa madrugada fría del día siguiente, cuando los amigos ya gozaban de la presencia del Señor, y el jardín de primos se reunía para recibirlos, nosotros esperábamos la venida de sus cuerpos y nos preparábamos para darles cristiana sepultura en lo que fuera el templo de su alma. Cinco personas tan particulares simplemente se habían anticipado al resto. Eso sí, negar que en lo humano duele mucho su partida, sería ilusorio.
Los funerales fueron verdadero testimonio de lo queridos y apreciados que todos eran. No fuimos pocos, más bien, fuimos miles los que acompañamos sus cuerpos a la sepultura, y presumo que no había entre ellos uno solo que no estuviera impresionado por el súbito, pero glorioso escape de tan dilecto grupo hacia el Reino del Señor.
Acompañar a los deudos es una obligación cristiana, pero cuando son gente tan cercana la que se fue, recuerda que nobleza obliga. Cuando miraba a mis amigas, ya viudas desconsoladas; cuando me volvía y miraba a sus padres llevando el dolor con hidalguía; o cuando abracé a sus hermanos y hermanas, los que resentían la abrupta y ciertamente inesperada partida, no dejé de acordarme que yo no he terminado de salir de la pérdida de mi hermano Martín y ahora, estaba en éstas nuevamente.
Y aunque todos sabemos que no hay promesa para mañana, la verdad es que olvidamos que debemos vivir cada día a la vez como si fuera el último. Creo que los cinco hicieron en sus vidas lo que siempre quisieron hacer. Amaron a su familia, a sus amigos y a su Patria. Y, lo más importante, siempre supieron que fueron amados.
El domingo por la noche viendo hacia el cielo tratando de entender ésta y muchas cosas, me encontré con varias estrellas las que yo había visto antes. Esas estrellas no eran otra cosa que el recuerdo de sus ojos, los que cual chispas que expresaban su viveza, me hicieron sentir como si fueran ciertos, los agradables recuerdos que de ellos tengo, pero que ahora gozan todos de la presencia del Señor.
Los cinco terminaron el trabajo de Dios en la tierra y han partido para servirle en una nueva, y seguramente más importante tarea. A todos los deudos amigos, oro por ustedes porque, vaya si no duele.
¡Hasta la próxima!.