INTERNACIONAL¿Es la guerra o la economía?
En un sorpresivo ataque de ira, la semana pasada Tom Daschle, el líder de la mayoría demócrata en el Senado, acusó al presidente George W. Bush de politizar indebidamente el debate nacional sobre Iraq. Desde el pleno del Senado, Daschle exigió una disculpa al presidente por poner en duda el compromiso de los demócratas con la seguridad nacional.
En términos legislativos, la disputa ilustra el desencuentro entre los dos partidos dominantes en cuestiones de seguridad nacional. El presidente y su partido quieren que el Congreso le otorgue al ejecutivo la más amplia autoridad para usar la fuerza contra Iraq porque sin autoridad no hay liderazgo. Los demócratas prefieren que el Congreso apruebe una resolución que fije límites a la autoridad presidencial. Argumentan que al Senado le corresponde vigilar la magnitud previsible de una guerra y sostienen que una acción militar de esta envergadura demanda una visión a largo plazo de sus consecuencias, incluyendo el posible costo en vidas humanas.
En el fondo del debate hay también una disputa de tipo electoral. En las elecciones de noviembre lo que está en juego es el control del Congreso. En la actualidad, los demócratas tienen una precaria mayoría en el Senado y los republicanos controlan la Cámara Baja. La tardía decisión del demócrata Robert Toricelli de retirar su candidatura al Senado disminuye las posibilidades de su partido de conservar la mayoría.Si los demócratas pierden el Senado, y los republicanos ganan mayoría en la Cámara, éstos llegarían a la elección presidencial de 2004 con un mandato para hacer y deshacer a su antojo.
Por otro lado, los demócratas han fracasado en sus esfuerzos por definir a la economía como el tema centrales de esta elección. La seguridad nacional y la inminente guerra contra Iraq siguen siendo los asuntos fundamentales en la mente de los votantes. Y en este capítulo, la gente sigue apoyando al presidente.
Esta no es la primera vez que la ciudadanía se enfrenta a un predicamento de este tipo. En 1991, el papá de George W. Bush metió al país en una guerra contra Sadam Hussein contando con el apoyo de la opinión pública norteamericana. La victoria norteamericana, aunque para muchos incompleta por no haber derrocado a Sadam Hussein, por lo menos fue rápida y el número de norteamericanos muertos en combate fue mínimo.
A pesar del triunfo militar, ya para noviembre de 1992 los votantes se habían olvidado de la guerra y en cambio sentían en el bolsillo las consecuencias de las debilidades de la economía nacional.
Entre 1989 y 1992, el número de pobres aumentó en seis y medio millones de personas; el ingreso per cápita promedio declinó en casi un 5% y el desempleo aumentó casi dos puntos porcentuales, de 5.4% a 7.3%. El déficit presupuestal llegó a los US$290,000 millones, el mayor en la historia del país.
Es la economía, ¡estúpido!, decía Bill Clinton en su campaña por la presidencia. Clinton ganó las elecciones en 92 y la reelección en 96. En los 8 años de su mandato, casi ocho millones de americanos salieron de la pobreza, el ingreso promedio creció un 14.5% y el desempleo bajó a 4.2%.
En el presupuesto del año 2000 no hubo déficit sino un superávit de US$236 mil millones de dólares. En el primer año de su presidencia, George W. Bush parece empeñado en seguir los pasos de su papá. Ya hay en el país un millón trescientos mil pobres más. Según los reportes del Censo, el ingreso promedio cayó un 2.2% y hasta agosto, la economía había perdido un millón y medio de trabajos. El desempleo también ha aumentado más de un punto y medio, de 4.2% a 5.7% y para el año fiscal de 2002, el presupuesto de Bush Jr tendrá un déficit de US$160 mil millones de dólares.
Así las cosas cabría preguntarse ¿por qué los votantes no han entendido que este año, y en 2004, cuando se celebren las elecciones presidenciales, el problema mayor del país es y será la economía? Una respuesta tentativa es que los demócratas no tienen un líder de la estatura de Clinton que recorra el país repitiéndole a la gente: ?Es la economía, ¡estúpido!?
-Sergio Muñoz Bata es miembro del consejo editorial del Los Angeles Times.