INTERNACIONALLa vida privada de los hombres públicos

SERGIO MUÑOZ BATA

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Nuevas revelaciones sobre el historial médico de John F. Kennedy suscitan debate sobre el derecho de los ciudadanos a conocer el historial médico de los candidatos a puestos de elección. La imagen de John F. Kennedy que predomina en la mente de la gente es la de un joven talentoso, lleno de vigor y con una energía inusual que muriera a destiempo. Poco se sabe del sufrimiento que padeció toda su corta vida. Se sabe que sufría de intensos dolores en la espalda y que la mecedora en su oficina de la Casa Blanca en algo mitigaba su pena.

La verdadera gravedad de su historial médico sólo la conocía su círculo más íntimo, hasta esta semana. En un artículo recién publicado por la revista The Atlantic Monthly, el historiador Robert Dallek, revela con acucioso y fatigante detalle todas las enfermedades que padecía el presidente y las medicinas que le recetaron para aliviar su dolor.

Kennedy nació enfermo. Pasó gran parte de su niñez y de su adolescencia en hospitales y vivió siempre bajo observación médica. Sufría de osteoperosis, enfermedad de Addison, colitis, diarrea crónica y de infecciones urinarias. Vivía en dolor constante y para aliviarlo tomaba esteroides, analgésicos, antibióticos, antiespasmódicos, antihistamínicos, testosterona y píldoras para dormir. En diciembre de 1962, apenas resuelta la crisis de los misiles en Cuba Kennedy sufrió una depresión. Para aliviarlo, sus doctores le recetaron una potente medicina que se usa para tratar casos severos de ansiedad.

Las revelaciones de Dallek han creado un enorme debate que, en su parte más superficial intentaría definir el carácter de Kennedy. Para sus simpatizantes, el que el presidente hubiera podido sobrellevar su dolor en silencio es muestra de su carácter estoico, de su enorme fortaleza y de su grandeza personal. Para sus detractores, las revelaciones son una muestra más de la simulación y la mentira con la que la familia Kennedy ha conducido su vida política. A los medios de comunicación los acusan de dejarse manipular por la familia para ocultar la verdad.

De mayor profundidad es la discusión que contrapone el derecho de los funcionarios públicos a no hacer pública su vida privada con el derecho de los ciudadanos a conocer el historial médico de los candidatos a puestos de elección.

Algunos comentaristas opinan que mientras la vida privada de los funcionarios públicos no afecte su desempeño en el trabajo su expediente debería permanecer privado. En este sentido, deberían permanecer secretas las enfermedades, los amoríos y otros tipos de aficiones de los funcionarios no directamente relacionadas con su trabajo.

Otros, sin embargo, opinan que las infidelidades maritales de los funcionarios denotan debilidad de carácter y que tratándose de enfermedades físicas o mentales que podrían afectar el desempeño del funcionario la divulgación de su historial médico debería ser obligatoria.

La historia de la humanidad está llena de ejemplos de hombres públicos que a pesar de vivir agobiados por las enfermedades cumplieron su destino. Simón Bolívar, por ejemplo, a pesar de su precario estado de salud, pudo recorrer más de 18 mil millas a caballo liberando países. ¿Debería acaso haber optado por retirarse a alguna montaña mágica escondida en Los Andes para fortalecer sus pulmones en vez de luchar por la independencia de los países andinos?

¿Quién se atrevería a asegurar que la eterna debilidad física de Franklin Delano Roosevelt minó su carácter? ¿Quién sabe con certeza en qué momento de su presidencia el alzheimer empezó a afectar la memoria de Ronald Reagan? ¿De qué manera el alcoholismo de Winston Churchill afectó sus decisiones?

La verdadera historia de la presidencia de John F. Kennedy sigue pendiente. Ahora sabemos que éste, al igual que Richard Nixon, hizo grabaciones secretas de reuniones en la Casa Blanca. También sabemos que en los archivos de la familia hay 500 páginas de historia oral de Jackie Kennedy que permanecerán guardadas mientras viva su hija.

Mientras tanto, no faltará un político oportunista que valiéndose de las revelaciones de Dallek intente convencer a la nación de la necesidad de legislar para que los expedientes médicos de los funcionarios se hagan públicos.

(Sergio Muñoz Bata es miembro del consejo editorial de Los Angeles Times.)

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