ALEPH

Las mujeres y la política

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No creo que todas las mujeres seamos buenas y todos los hombres malos; tampoco creo en la condición de víctimas que se otorga a las mujeres. Pero es un hecho que el sistema fue diseñado y todavía funciona bajo las reglas del padre que manda y la madre que sostiene el orden. No es especulación, es evidencia. Por un lado, preguntémonos cuántas Biblias y Constituciones han sido escritas por mujeres o con su colaboración y, por el otro, interpretemos las frías cifras que prueban la brecha existente entre mujeres y hombres en cuanto a los salarios que reciben ellas y ellos por iguales trabajos, así como las que hablan de equidad en la política, acceso a la vivienda, empleo formal y educación, entre mucho más.

Y si hay dos lugares donde se sataniza y castiga más a las mujeres que se atreven a ejercer el poder tradicionalmente conferido a los hombres, esos son la religión y la política. El primero está todavía vedado para ellas en las grandes ligas; el segundo ya está habitado por más, pero al menor descuido corren el riesgo de ser desolladas vivas, tanto por sus homólogos, como por ciertos medios de comunicación y una parte de la sociedad. Ellas pueden entrar al ámbito público, claro que pueden, pero como actrices o voluptuosas reporteras del clima; pueden escribir textos rosados en revistas del corazón, dar consejos desde sus papeles tradicionales de madre y esposa, o ser heroínas con pistola en mano y tacones altos. Pero a los señores con poder no les gustan las mujeres que piensan y se salen de su “deber ser” para hacerles competencia en público; hay quienes, incluso, parecen odiarlas cuando se refieren a ellas. Insultos, edad, peso corporal, figura, apodos o groseros sarcasmos, son elementos que aparecen en cada acto de odio. Probado está que tras un humor supuestamente inocente, se esconden muchos miedos. Y no hablo solo de hombres que odian, aunque principalmente aludo a ellos. El machismo hace que las mujeres nos enfrentemos, nos impregna a unos y otras; así que cuando escuché a muchas mujeres hablar de Pérez y de Baldetti, segura estoy de haber escuchado tonos y palabras distintas por un delito igual. En los chistes, en los chismes, en la casa o en las novelas, reforzamos un orden secular. Ella es seguramente culpable, pero no más que el expresidente.

Claro que algunas mujeres llegan al poder creyendo que deben ejercerlo como machos, a latigazo limpio, sin pensar en serio en cambiar el orden de cosas. Claro que algunas roban, mienten y corrompen. Claro que algunas dan vergüenza, como tantos hombres. Pero, en general, los juicios y los castigos hacia ellas son mucho más despiadados que los que recaen sobre los hombres que han cometido iguales o peores faltas, incluso por más tiempo. Por otra parte, reivindico a muchas mujeres que se han desempeñando como sujetas políticas de primera (según la RAE existe la palabra “sujetas”, no se alteren). Sin excusar a ninguno, veo el tratamiento diferenciado para Baldetti y para Pérez, a pesar de que la mayor responsabilidad por haber sido el presidente y por haber estado en el “negocio” mucho antes, recae en él. Ella fue sacrificada primero y generó odios apasionados; él, en cambio, le dio lástima a mucha gente, dio declaraciones a CNN, está protegido en una cárcel militar y hasta quiere escribir un libro. Ella ha ido del tingo al tango y fue, incluso, fotografiada en la cama de un hospital, lo cual no es otra cosa que morbo. Es incuestionable que ambos han cometido graves delitos, como tantos funcionarios antes de ellos, y han de enfrentar a la justicia, pero los dos merecen tratamientos idénticos.

A Catalina Soberanis, cuando fue presidenta del Congreso, le preguntaron en una entrevista cómo afectaba su trabajo a su familia; a un colega suyo, en cambio, le preguntaron cuántas leyes había impulsado. ¿Por qué preguntas distintas a quienes hacen un mismo trabajo o, incluso ella, un trabajo de mayor responsabilidad? ¿Le habría arrebatado Morales la revista a un oponente hombre como se la arrebató a Sandra Torres en un reciente debate presidencial? Siendo que somos más de la mitad del padrón electoral, ¿por qué la participación de mujeres se redujo en este proceso y tenemos solo nueve alcaldesas para los 338 municipios (solo una indígena) y apenas una veintena de diputadas entre 158 congresistas?

cescobarsarti@gmail.com

ESCRITO POR:

Carolina Escobar Sarti

Doctora en Sociología y Ciencias Políticas de la Universidad de Salamanca. Escritora, profesora universitaria, defensora de DDHH por la niñez, adolescencia y juventud, especialmente por las niñas