Nacimiento interior

JULIO LIGORRÍA CARBALLIDO

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Estas fechas llaman a la paz. El abrazo del 24 por la noche, festejo visible entre hermanos en la fe, hace de esta la noche más humana del año. Despojados de nuestras naturales divergencias, la medianoche marca en el espíritu de todos una tregua y un momento para comulgar en el amor. Abre la mente a la compasión, a la solidaridad, al clamor por un mundo más justo, donde nuestra energía positiva pueda ayudar a hacer más vivible la realidad para muchos.

Ese es el mejor regalo que podemos intercambiar: la fe en un futuro mejor, combinada con la decisión de hacer lo que está en nuestras manos para que otros menos afortunados mejoren en algo sus condiciones de vida.

¿Qué pensar en un momento así de espiritual mientras el mundo padece por la incomprensión y la injusticia? ¿Cómo clamar por quienes tienen menos que nosotros? ¿A dónde acudir en busca de la guía que todos necesitamos para poder conversar con el desconocido y acordar, por lo mínimo, un instante de concordia?

¿Tenemos aún la humildad necesaria para reconocernos incapaces de cambiar, en soledad, nuestra realidad? Deberíamos entender que si bien la fe mueve montañas, la unión hace que esa fe sea más que poderosa y nos lleve, en conjunto, a la meta de un mundo en paz.

Si para estos días en que festejamos el nacimiento de Nuestro Señor Jesucristo podemos cambiar la desconfianza por la concordia, la ira por el cariño y el egoísmo por la unidad, habremos dado un primer y muy importante paso hacia un futuro prometedor. Hagámoslo. Corramos el riesgo de prescindir por un momento del escudo con el que día a día nos defendemos de la hostilidad, el enfrentamiento, la incomprensión y todo eso que “nos mantiene a salvo”. Apostémosle a la bondad y al diálogo por un momento, porque estamos perdiendo todos los días un poco de la magia de la comunicación interpersonal.

En pocas palabras, convirtamos estas fechas en tiempo para correr el riesgo de ser auténticos, valientes para compartir y generosos para departir. El ser humano tiene en su primigenia la bondad. Nadie nace amargo y sin esperanza. Nadie nace violento, sino inocente, al venir a esta vida. Muchos cambiarán por la fuerza salvaje de un destino incierto, pero aun ellos tienen derecho a un momento de paz interior y valor a lo externo, para mostrarse tal cual son. Muchos quizá no lloran porque no tienen con quién hacerlo en paz. Muchos no cantan porque temen a la alegría. Otros se niegan a sonreír, por la fuerza de la costumbre al gesto adusto.

Compartamos en esta Navidad nuestra capacidad de amar. Vivamos un momento de paz y abramos nuestros corazones para compartir esa luz interior que todos llevamos dentro.

A todos, mis deseos por que en estas fiestas la sonrisa inspirada en el nacimiento de Jesucristo inunde el rostro y alimente el alma de los guatemaltecos.

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