De mis notasLargas colas, buenas mordidas
Digame si no es cierto. En todo trámite gubernamental, las largas colas, los procesos engorrosos e interminables esperas, lo único que hacen es aumentar el atractivo de la jugosa mordida que le espera a la víctima para ?apresurarle el trámite?.
Si hiciéramos un análisis de la relación que existe entre los trámites largos y engorrosos y el pago de mordidas, la incidencia sería clarísima. Y es que ese es precisamente el instrumento preferido de los burócratas para sangrar a sus víctimas: propiciar la lentitud o el apresuramiento del trámite, dependiendo de si ?da o no da? mordida.
La confabulación burocrática es responsable de causar pérdidas multimillonarias a la economía del país. Las aduanas son lugares preferidos para practicar tal deporte, empobrecedor del usuario y enriquecedor de empleaduchos fracasados sobreviviendo de plazas por pago de deuda política. Se entiende el chiste aquel del activista político que, al ganar su partido las elecciones, se le pregunta en qué dependencia le gustaría trabajar. El activista responde con mucha humildad: ?Yo me conformaría con una mi plaza de vista de aduanas… usté?.
La discrecionalidad de los burócratas en determinados trámites es inmensa. En ellos recae el poder de una pinche rúbrica sobre un sello desteñido que representa o no la pérdida millonaria de una importación o exportación. Poderes ilimitados para atrasar un juicio. Hacer perdedizo un expediente o hacer notificaciones legales falsas con firmas ilegibles.
Este último caso le tocó vivir en carne propia a mi suegra en el Tribunal de Apelaciones de la Antigua. El notificador -un chico más mordido que un mango de costa- ?dio fe pública? (y nadie puede discutirlo) que la supuesta primera notificación fue recibida por alguien con el equivalente de XXX. La segunda vez, que ?nadie le abrió y pegó la notificación en la puerta?. Una falsedad, por supuesto, porque en la dirección aludida vivían más de 9 personas y hubiese sido imposible no percatarse de una notificación ?pegada? en la puerta. El caso del notificador mordelón le costó a mi suegra tener que apelar ante la Corte Suprema.
Hoy, mientras escribo esta columna, los transportistas de Centroamérica aparecen en los medios de comunicación, quejándose de largas colas y esperas de hasta 30 días en las aduanas fronterizas. Me suena a un paraíso para los mordelones burocráticos a cargo de tal ?obsequio divino? -si me lo preguntan. Imagínese tener el poder discrecional para llevar a cabo una inspección ?a fondo? o ?superficial? (dependiendo del caso) en uno de los cientos de furgones varados y desesperados.
Calcúlense millonarias ganancias para los burócratas y pérdidas para los transportistas.
He llegado a la conclusión que los indicadores de desarrollo humano que publica el PNUD anualmente, recordándonos nuestra pobreza, retraso y miseria tercermundista, pueden ser también comprobados mediante otro instrumento de medición: la lentitud en trámites burocráticos. A mayor pobreza, mayor lentitud. A mayor rapidez, menos pobreza. Así de simple.
Todavía recuerdo cuando en el gobierno pasado decidieron romper con el negocio multimillonario del trámite de licencias de conducir. Salir con la licencia en unas cuantas horas -para el asombro de toda la ciudadanía- fue el equivalente a romper con una tradición de ?mordenología? a nivel de paradigma histórico.
Hoy, para nuestra tristeza, los mordelones de las licencias automovilísticas volvieron a hacer la regresión infame a los días aciagos de las largas colas, con la insólita excusa que la nueva metodología es supuestamente ?para evitar la corrupción?.