Registro akásico
Cambio de época
El resultado es una sociedad cada vez más ruidosa, pero también más frágil.
Se repite con frecuencia que vivimos una época de cambios. La frase suena cómoda, casi tranquilizadora, porque sugiere que lo esencial permanece y que solo estamos ajustando pequeños detalles. No, estimados lectores, no estamos ante una época de cambios: estamos, sin rodeos, ante un cambio de época. Y basta con observar con un mínimo de atención y honestidad lo que ocurre a nuestro alrededor para constatarlo.
Miremos a la juventud, no con desprecio, sino con atención. Veamos en qué cree y sobre todo en qué ya no cree. La noción de autoridad se ha diluido; la idea de tradición resulta sospechosa cuando no ridícula; el concepto de jerarquías se considera casi ofensivo. Todo lo heredado es puesto en duda, no para mejorarlo, sino para descartarlo. La rebeldía antes era una etapa pasajera; hoy se ha convertido en doctrina.
La forma de vestir es un síntoma elocuente. La elegancia y el buen gusto han desaparecido como valor social. En reuniones que antaño exigían decoro, hoy abundan atuendos propios de un gimnasio o de una obra en construcción. Todos parecen obreros o deportistas, incluso en los espacios más exclusivos, y lo hacen con presunción y orgullo, como si el descuido fuera una virtud. No es informalidad: es desprecio por la forma y, cuando se desprecia la forma, pronto se desprecia el fondo. El ridículo ya no avergüenza; se celebra.
Fijémonos en la música, espejo fiel de una época, y veremos que confirma este diagnóstico. Desde el año 2000, más o menos, asistimos a una degradación acelerada de lo que se consume masivamente. Lo que antes aspiraba a la armonía, a la poesía o al virtuosismo, hoy se reduce con frecuencia a ruido, vulgaridad y provocación vacía y grosera. La música norteamericana que dominó el imaginario juvenil durante gran parte del siglo XX, con su diversidad, su calidad y su capacidad de innovación, se ha transformado, en muchos casos, en una oda a la grosería, a la banalización del sexo y a la burla y ofensa sistemática de la mujer. Es inaceptable, pero es real.
No se trata de idealizar el pasado ni de negar que toda época tiene sus sombras.
Y uno se pregunta ¿qué pasó con la música francesa o italiana, con su lirismo y su elegancia? ¿Qué pasó con los boleros, capaces de hablar del amor sin caer en lo soez? ¿Qué pasó con el buen gusto, con la belleza entendida como una aspiración y no como una sospecha elitista? Todo eso no desapareció por accidente: fue desplazado deliberadamente por una cultura que confunde libertad con ausencia de límites y autenticidad con grosería vulgar.
Este cambio de época también se manifiesta en las costumbres. El respeto a los padres, a los mayores, a los maestros, a la autoridad legítima, ha sido remplazada por una familiaridad insolente. La experiencia ya no cuenta; la edad no enseña; la tradición no orienta. Todo debe ser horizontal, inmediato y emocional. El resultado es una sociedad cada vez más ruidosa, pero también más frágil, más insegura y más intolerante con cualquier idea que exija esfuerzo o disciplina.
No se trata de idealizar el pasado ni de negar que toda época tiene sus sombras. Pero sí de reconocer que estamos perdiendo referentes fundamentales que dieron cohesión, sentido y belleza a la vida social. Este cambio de época no es para celebrarlo a ciegas ni para aceptarlo con resignación pasiva. Es para entenderlo y en la medida de lo posible resistirlo con educación, con cultura y con ejemplo.
Porque cuando una sociedad renuncia al buen gusto, al respeto y a la belleza, no gana libertad: pierde el alma.