Pluma invitada
Cuando llegar a la meta es solo el inicio de la travesía
Al final, las metas se alcanzan, pero los legados se construyen.
Y entonces llega ese momento en el que uno se da cuenta de que algo importante terminó… y, al mismo tiempo, algo aún más grande acaba de comenzar.
Los legados se construyen, y esos solo nacen cuando alguien se atreve a zarpar sin certezas, con respeto por el camino recorrido.
Porque cerrar un proceso largo no se siente como cruzar una meta con los brazos en alto.
Se parece más a cuando un barco deja el puerto después de semanas de preparación: hay emoción, pero también silencio, responsabilidad y una conciencia clara de que ahora empieza lo serio.
No es casualidad que esté escribiendo esto en Sevilla. Durante siglos, este fue el Puerto de Indias, el lugar desde donde se decidían los viajes al Nuevo Mundo, el sitio donde se trazaban las rutas, se asumían los riesgos y se tomaban decisiones que cambiaban la historia.
De alguna manera, hoy me siento en un punto parecido.
Llegar a la meta es una transición. Una de esas que no hacen ruido, pero que marcan un antes y un después.
Fueron años de conversaciones, aprendizajes, aciertos y errores. De avanzar cuando se podía y de esperar cuando era necesario. Años que enseñaron que las cosas importantes no se fuerzan: se construyen.
También fueron años de pequeñas batallas invisibles. De dudas, de decisiones y de pasos dados sin garantías.
Porque ningún proyecto que valga la pena nace desde la comodidad; nace desde la convicción de seguir incluso cuando el camino se vuelve cuesta arriba.
Ahora empieza una etapa distinta, más exigente y consciente. Con mayor responsabilidad. Ya no se trata solo de imaginar, sino de ejecutar con criterio, de cuidar lo construido y de honrar la confianza depositada.
Aquí es donde el propósito deja de ser discurso y se convierte en acción.
Donde el liderazgo no se mide por ideas brillantes, sino por la capacidad de sostener el rumbo cuando hay tormenta, de inspirar cuando el ánimo flaquea y de mantenerse firme cuando sería más fácil retroceder.
Y aun así, hay ilusión.
Porque así como desde este puerto partieron historias que nadie podía dimensionar en su momento, hoy también comienza una nueva travesía. Una que no se mide por la velocidad, sino por el propósito. Una que no busca aplausos, sino trascendencia.
Por eso vuelvo a la misma idea:
La aventura nunca fue llegar, sino atreverse a zarpar. Y hoy, desde este lugar cargado de historia, lo confirmo con total claridad.
Porque al final, las metas se alcanzan, pero los legados se construyen.
Y esos solo nacen cuando alguien se atreve a zarpar sin certezas, con respeto por el camino recorrido y con el coraje de escribir su propia historia.