Pluma invitada
La virtud de la escucha
Escuchar no consiste únicamente en oír las palabras.
Después de escribir sobre la lectuositas, volví a pasar revista a algunos de los grandes tratados sobre las virtudes: Aristóteles, Tomás de Aquino, Pieper, García López, David Isaacs y otros autores. Y llegué a una conclusión que, aunque humilde, me parece bastante audaz: quizá he encontrado otro vacío en la tradición clásica.
Escuchar bien significa intentar, durante unos instantes, ver lo que la otra persona ve.
La tradición habla, con toda razón, de la prudencia, la justicia, la fortaleza, la templanza, la paciencia, la humildad, la amistad y tantas otras virtudes. Pero no encuentro, con la entidad que merece, una virtud específica que describa un hábito especialmente necesario en nuestro tiempo: la capacidad de escuchar verdaderamente al otro.
Es una disposición estable buena que perfecciona nuestro conocimiento, elección y actuación. A primera vista, escuchar parece un hábito sencillo. Pero, si lo pensamos bien, no lo es en absoluto. La escucha atenta exige fortaleza para mantener la concentración, templanza para callar cuando queremos interrumpir, humildad para reconocer que quizá no tenemos razón y paciencia para esperar antes de responder. Controlar la curiosidad indiscreta y la vanidad de contar lo que a mí me pasó en un caso similar.
Escuchar no consiste únicamente en oír las palabras. También requiere una disposición corporal: mirar al otro, atender a su tono de voz, a sus silencios, a sus pausas, a sus gestos y a su postura. Dejar el teléfono. No mirar el reloj. No estar preparando mentalmente nuestra respuesta mientras el otro todavía habla.
Pero hay algo más profundo. Escuchar exige deshacerse, al menos por un momento, de cualquier pertrecho intelectual o categoría preconcebida. No anticipar lo que el otro va a decir. No completar mentalmente sus frases. No poner inmediatamente una etiqueta a lo que escuchamos. No decidir de antemano quién tiene razón. Esto no significa dejar la mente en blanco. Significa algo mucho más difícil: intentar comprender lo que el otro está diciendo antes de emitir cualquier juicio.
A este hábito me he atrevido a llamarlo escuchosidad o escuchositas. Ya imagino a los puristas de la lengua y a algún miembro de la Real Academia rasgándose las vestiduras ante semejante atropello léxico. Les pediría, sin embargo, que hicieran el esfuerzo de ejercitar precisamente la virtud que aquí reivindico: escuchar antes de juzgar. Lo contrario sería una demostración práctica de falta de escuchosidad mientras se protesta contra la palabra que la visibiliza.
Hay una diferencia enorme entre preguntarnos “¿qué me está diciendo?” y preguntarnos “¿qué está viviendo esta persona?”. La primera pregunta busca información. La segunda busca comprensión. Y todavía podemos dar un paso más: escuchar bien significa intentar, durante unos instantes, ver lo que la otra persona ve. No necesariamente darle la razón. No necesariamente compartir su interpretación. Simplemente entrar en su perspectiva y tratar de comprender por qué ve las cosas así.
Escuchar no significa decir: “Tienes razón”. Significa poder decir interiormente: “Quiero entender por qué tú ves las cosas de esta manera”. Quizá entonces descubramos algo sorprendente: muchas discusiones no nacen de que las personas piensen cosas completamente distintas, sino de que ninguna se ha tomado el tiempo suficiente para comprender desde dónde está pensando la otra.
Escuchar verdaderamente es una manera concreta de decirle al otro: “tú me importas”. La próxima vez que alguien nos hable, intentemos, simplemente, estar allí. Sin ruido. Sin prisa. Sin juicio. Mirándole a los ojos. Escuchándole con una sana disposición de meternos en sus zapatos sin asco.
Ejercer la escuchosidad supone hacerle un espacio dentro de nosotros. Es acogerlo con la razón, entrar por un instante en su mundo y tratar de verlo desde donde él lo está viendo. Es, en cierto modo, abrazar con la inteligencia. Y quizá por eso, aunque todavía no figure en ningún tratado de virtudes, empiezo a sospechar que no estamos ante una simple habilidad para comunicarnos, sino ante algo mucho más serio: una virtud que nos hace capaces de encontrarnos verdaderamente con el otro.