Pluma invitada

Para qué sirve la OEA

El peso desproporcionado de algunos países ha alimentado la percepción de que la OEA no es un organismo verdaderamente multilateral.

La Organización de los Estados Americanos (OEA) nació en 1948, con un propósito ambicioso y en teoría noble: defender la democracia, los derechos humanos, la paz y el desarrollo en nuestro continente. Más de siete décadas después, la pregunta es inevitable: ¿para qué sirve realmente la OEA al día de hoy?

La gran pregunta es si está dispuesta a servir a la democracia.

En la teoría, la OEA es un foro político hemisférico, un espacio de diálogo y mediación. En la práctica se ha convertido en un organismo retórico, selectivo, burocrático e ineficaz, incapaz de responder con coherencia a las crisis más graves de la región. Sus declaraciones suelen ser abundantes; sus resultados, escasos. Los ejemplos sobran.

Uno de los mayores problemas de la OEA es su doble moral. Actúa con firmeza frente a algunos gobiernos y guarda un silencio incómodo frente a otros. Condena rupturas democráticas cuando conviene a ciertos intereses, pero mira convenientemente hacia otro lado cuando los abusos provienen de regímenes aliados o estratégicamente intocables. Esa selectividad ha erosionado su credibilidad y la ha convertido, para muchos, en un instrumento político más que en un árbitro imparcial.

La Carta Democrática Interamericana, uno de sus mayores logros normativos, debería ser un mecanismo eficaz para prevenir y sancionar quiebres del orden constitucional. Sin embargo, su aplicación ha sido errática.

Gobiernos que desmantelan instituciones, persiguen opositores o manipulan elecciones permanecen impasibles dentro del sistema interamericano; mientras la OEA debate, posterga y finalmente se limita a “expresar preocupación”. La democracia no se defiende con comunicados.

En materia de derechos humanos, la Comisión y la Corte Interamericanas han sido, supuestamente, lo más valioso del sistema. Pero incluso aquí el problema persiste: sus resoluciones no siempre se cumplen y carecen de mecanismos reales de ejecución. Muchos Estados las acatan solo cuando les conviene. La OEA observa, registra y recomienda, pero rara vez logra transformar esas denuncias en cambios concretos.

Otro aspecto crítico es su dependencia política y financiera. El peso desproporcionado de algunos países ha alimentado la percepción de que la OEA no es un organismo verdaderamente multilateral, sino un espacio donde se reflejan correlaciones de poder. Esa percepción, justa o no, ha llevado a varios gobiernos a buscar alternativas regionales debilitando aún más al organismo.

La OEA también parece desfasada frente a los nuevos desafíos del continente. La corrupción estructural, el narcotráfico, el crimen organizado trasnacional y, más recientemente, la migración masiva requieren respuestas ágiles y coordinadas. Sin embargo, la organización sigue operando con la lentitud burocrática de otro siglo, atrapada en procedimientos que no responden a la urgencia de la realidad.

Entonces, ¿para qué sirve la OEA? Hoy sirve, sobre todo, como escenario para discursos grandilocuentes, para gestos diplomáticos, para justificar posiciones políticas internas o externas. Sirve como archivo de buenas intenciones y como vitrina de principios que rara vez se traducen en acciones efectivas. Sirve para mantener una estructura que sobrevive más por inercia que por resultados.

Esto no significa que deba desaparecer aún. Pero sí exige una revisión profunda y honesta. O la OEA se reforma, recupera independencia, coherencia y capacidad de acción, o seguirá siendo un organismo cada vez más irrelevante para los ciudadanos de este continente al que dice representar.

La verdadera y tremenda pregunta ya no es si la OEA es necesaria. La gran pregunta es si está dispuesta a servir a la democracia y no a los gobiernos, a los pueblos y no a los intereses, a los principios y no a la conveniencia. Mientras no responda a esos hechos, la duda persistirá: ¿para qué sirve la OEA?

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