Registro akásico

Por la Libertad de la palabra

Antonio Mosquera Aguilar http://registroakasico.wordpress.com

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Cuando los reyes medievales se entrevistaban, debían acompañarse de los grandes, del obispo, del confesor y otras personalidades. Para disminuir la importancia de los familiares se integró a otras personas, lo que resultó en la formación de la Corte. Luego, el problema fue lo contrario: se trataba de evitar tanta acumulación de personas que importunaban los negocios de Estado.

Antonio de Guevara escribió en 1539 Alabanza de aldea y desprecio de corte, para indicar la descomposición entre los que rodeaban al rey. La República instauró la austeridad, al proscribir la recepción frente a la Corte, cuando se trataran los asuntos públicos. Reconoció la libertad de la palabra en sus autoridades.

Curiosamente, algunos teólogos reclaman la libertad de la palabra. Rafael Luciani ha proclamado que el odio contra Jesús se explica por fraternizar con publicanos y prostitutas. El redentor jamás se avergonzó de tratar con alguien debido a su condición moral, política o religiosa. Sabido es que la masonería, al proclamar esa libertad, tuvo un conflicto en el pasado con tradicionalistas eclesiásticos.

La palabra libre consiste en poder hablar de cualquier tema. Así, aquellos a los que les gusta el efecto de la marihuana pueden expresar su punto de vista sin cortapisas. Lo mismo para las demás drogas, tanto las energizantes como la cocaína y anfetaminas, así como las calmantes como el opio y ansiolíticos, o que propician ambos estados, como el alcohol. Obviamente, las drogas tienen moderación por parte del Estado, en algunos casos prohibiendo su trasiego o la propaganda. Solo extraviados piensan que hay una guerra. Se trata de regular el mercado, a través de prohibiciones totales o parciales, para bien público.

La palabra libre implica conversar. Todo ciudadano puede dialogar con cualquiera, salvo que se trate de una conspiración para cometer un delito. Para los políticos es una actividad que forma parte de su profesión.

Recientemente, Pablo Monsanto, como es conocido Jorge Ismael Soto, acompañado del también comandante César Montes, alias que identifica a Julio César Macías, aceptaron participar en una charla sobre asuntos políticos con el expresidente golpista Jorge Adán Serrano Elías, con pseudónimo de Serrucho.

El grito en el cielo fue ensordecedor. ¡Qué trompeta del juicio final ni cruz de luz en el cielo! La izquierda se hundía por hablar con el exiliado golpista. Nadie protesta porque el mencionado Serrucho lance libros o charle por Skype, en un canal de televisión. Lo que se niega es el derecho a la palabra libre por parte de los mencionados comandantes.

El colmo es el anatema, casi excomunión, que ha sido lanzado contra el presidente Jimmy Morales Cabrera, antiguamente llamado James Ernesto. Se le reprocha haber recibido a los representantes de una importante empresa, que no solo es la principal transportadora naval del país, sino ocupa el puesto 154 de las fortunas mundiales. Los críticos exigen que siempre esté acompañado de obispos, diputados y de la procuradora general de la Nación como experta, pues se trata de la esposa del general Roberto Eduardo Letona Hora, sindicado de haber participado en una red de contrabando aduanero.

A pesar de que el presidente explicó que no se trató de nuevas inversiones ni arreglos para futuros pleitos judiciales, y los navieros, por su parte, manifestaron que son honestos inversores para el bien del país, se remontaron los buitres del deshonor con la amenaza de levantar antejuicios e inmunidades. En el país, la libertad de la palabra no está en su mejor momento. Que vuelva la Edad Media, se pide.

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