A contraluz

Ríos Montt

Haroldo Shetemul @hshetemul

Aquel 23 de marzo de 1982, el general Efraín Ríos Montt salió del ostracismo en que se encontraba. Ese día, un grupo de oficiales jóvenes depuso al general Fernando Romeo Lucas, que había llegado a un nivel de descomposición y corrupción total que ponía en peligro la continuidad del régimen militarista. La gota que rebalsó el vaso fue el fraude electoral a favor del general Aníbal Guevara, que lo aisló aún más a nivel nacional e internacional. Pero sobre todo, el golpe de Estado iba dirigido a enderezar la lucha contra las fuerzas insurgentes. Los golpistas requerían una figura mesiánica para que el Ejército tuviera un mando único en el combate de la amenaza guerrillera y el pastor evangélico Ríos Montt les quedaba como anillo al dedo.

La junta militar se distribuyó las principales funciones ejecutivas: Ríos Montt asumió el Ministerio de la Defensa Nacional, o sea la dirección del Ejército, en tanto que Maldonado Schaad, la cartera de Gobernación, y Gordillo, la de Comunicaciones. El cristiano renacido no tardó en sacar las uñas y mandó a volar el triunvirato tres meses después y asumió el poder total, junto con un grupo de dirigentes de la iglesia Verbo. Con esta nueva dirección se recrudecieron las ofensivas del Ejército, bajo la estrategia de quitar el agua en donde se mueve el pez, lo cual significaba eliminar a la población donde se movilizaban los rebeldes. Fue así como la ofensiva se dirigió a bombardear y masacrar a la población. Instauró las aldeas modelo, que no eran más que campos de concentración para población que había sido desplazada después de destruir sus pueblos. Cerca de un millón de indígenas se refugiaron en el sur de México, debido a la crueldad de las acciones militares.

En la ciudad ciertamente fueron desarticuladas las bandas de matones anticomunistas, que dependían principalmente del MLN, pero en su lugar Ríos Montt instauró los tribunales de fuero especial que mandaron al paredón a 15 personas por jueces sin rostro. El papa Juan Pablo II, en la víspera de su visita al país, pidió la indulgencia para seis condenados a muerte, pero Ríos Montt los pasó por las armas. Ese hecho dejó claro el distanciamiento que el jefe militar mantenía con la Iglesia Católica, a la que se señalaba de estar coludida con los guerrilleros. El jefe de Estado de facto utilizó su gobierno como púlpito para dar rienda suelta a su desmedido mesianismo e impulsó el desarrollo y expansión de las sectas protestantes provenientes de EE. UU.

Tuvieron que pasar muchos años para que Ríos Montt estuviera frente a la justicia. Tuvo jueces con rostro y abogados defensores, algo que no tuvieron sus víctimas. El ex jefe de Estado no fue juzgado por su lucha contra la guerrilla, fue juzgado por la política de exterminio y tierra arrasada que impulsó durante su gobierno contra comunidades indígenas, en particular en el Triángulo Ixil, donde esa acción armada tuvo connotaciones de genocidio. El general nunca tuvo el valor para reconocer que él era el comandante general del Ejército y, por lo mismo, responsable de las actuaciones de su tropa y de los patrulleros civiles que cometieron múltiples abusos contra la población civil indefensa. El gran líder se escudó en el cobarde argumento de que nunca supo qué hacía el Ejército.

Ríos Montt no fue el único criminal de guerra. También Romeo Lucas y su hermano Benedicto Lucas, Germán Chupina, Donaldo Álvarez Ruiz, Mejía Víctores y tantos otros que, con la justificación de combatir el comunismo, utilizaron el secuestro, la tortura y la masacre. Sin embargo, Ríos Montt institucionalizó el exterminio de la población civil. Aún existen personas que justifican los crímenes que cometió Ríos Montt por la supuesta libertad que proporcionó al país, pero esconden que durante su régimen hubo censura de prensa y represión contra quienes pensaran diferente. Por eso Ríos Montt tiene bien ganado formar parte de la galería de los jefes militares más sanguinarios del planeta.

@hshetemul