LA BUENA NOTICIA
Se llama Misericordia
Un principio del mundo antiguo enunciaba: “Nomen est persona” (El nombre indica, es, la persona misma): así, el nombre de alguien (de Dios mismo) era sumamente delicado, incluso escondido: saber el nombre de Dios era tener acceso a su intimidad. Y, sin embargo, la revelación del nombre e identidad de Dios, más allá del sublime tetragrama de YAHVE (Éxodo 3,15) se da en la historia por sus acciones, por la forma en que Dios ha actuado siempre, como lo indica el papa Francisco en su libro titulado precisamente El nombre de Dios es Misericordia, y algo así como lo afirmado en Jn 4, 8: “Dios es amor”.
Desde el pontificado de San Juan Pablo II, el segundo domingo de Pascua se llama “de la Divina Misericordia”, y recoge en las páginas bíblicas de hoy el rostro, la identidad de un Dios que no manifiesta “su poder tremendo”, sino revela su identidad como “misericordia”: y vale una vez más decirlo, término que significa “corazón que se acerca, que se solidariza” (“miser” más “cor”). El relato de la “segunda aparición dominical” del Resucitado a los discípulos así lo demuestra. Jesús “vuelve” a los ocho días de su resurrección como buscando a Tomás, el que no creía al testimonio de los demás, para mostrarle el hecho real de su resurrección. Tal acción parece cumplir lo que ya decía W. Shakespeare (1564-1616): “El don de la misericordia es doblemente bendecido: bendice a quien lo da y a quien lo recibe”.
Así: 1) Jesús regresa más por Tomás, que por los otros Once que sí lo habían visto y creído: su vuelta está motivada no solo por el deseo de “aumentar la fe” del discípulo incrédulo. Cierto, esta escena ha sido siempre leída válidamente como insignia de la necesidad de “creer sin ver”, como lo indica Cristo mismo en la única bienaventuranza del cuarto Evangelio: “Dichosos los que creen sin ver” (Jn 20,29), toda una enseñanza para quienes buscan “prodigios espectaculares” y palpables, queriendo casi “ver al Señor”, cuando Él está presente más bien en la comunidad, la Palabra, los sacramentos y en el pobre, decía San Juan Pablo II (Exhortación Iglesia en América, 72).
2) El regreso de Jesús, quien saluda con el don de la paz y otorga a la Iglesia el poder perdonar los pecados, es entonces un regreso “por amor a quien no cree”, en actitud de búsqueda del hermano que tiene dificultad para entrar en la fe. Cristo sabe que Tomás le reconocerá no solo por las señales de los clavos y la herida del costado, sino por el hecho de “volver por él” y darle una “segunda oportunidad”, como el pastor que rescata a la oveja perdida. Actitud esta de rara presencia en muchos corazones llamados cristianos, que habrían excomulgado al incrédulo y lo habrían condenado sin acercarse, tal y como sí lo hace el Resucitado.
Al final, aunque pinturas famosas, como la del Caravaggio, muestran a Tomás hurgando en las heridas de Cristo, el texto no dice que así lo hizo: dice más bien que reconociendo a su Pastor misericordioso, Tomás confiesa: “Señor mío y Dios mío”, de donde la confesión de fe en la presencia real también lo es en la identidad del Señor Misericordioso en la eucaristía.
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