SIEMBRALa triste tercera edad

CARLOS ZÚÑIGA FUMAGALLI.

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En nuestro medio existen muchas injusticias, algunas de las cuales denunciamos con cierta frecuencia, otras que son atroces simplemente pasan sin ninguna notoriedad. Constantemente criticamos la insoportable violencia, la aberrante corrupción de nuestros actuales gobernantes, el abuso de autoridad, la falta de respeto a los derechos humanos, los atentados contra nuestro medio ambiente, la mísera pobreza de nuestra inocente y mal tratada niñez, y muchos otros casos que lloran sangre y avergüenzan a nuestra Nación.

Sin embargo, pocos nos acordamos de esos seres indefensos y abandonados a quienes todos nos debemos. Me refiero específicamente a nuestros compatriotas que por naturaleza han llegado a lo que debería ser una edad de retiro decoroso y merecido descanso. Estas mujeres y hombres que han dado su vida entera en beneficio de nuestra sociedad. ¿Cómo podemos olvidarnos de estos seres que nos dieron la vida? Que han dado su vida para que nuestra Patria tenga una oportunidad.

Que nos han engendrado y formado desde nuestra concepción hasta el último día de su vida terrenal. Y no me refiero específicamente a nuestros amados padres, si no más bien a todos aquellos que han llegado a su tercera edad. Todos por parejo tenemos una deuda muy grande con ellos, y qué fácil ha resultado obviar este compromiso.

Cuando niños e indefensos nos dieron pecho, limpiaron nuestras necesidades biológicas, nos vistieron, bañaron, alimentaron en la boca, cuidaron de nuestra higiene física y mental, trabajaron arduamente para darnos un techo, nos enseñaron a andar, a hablar, a defendernos, a socializar, y por sobre todo nos dieron amor sin ataduras y medida.

A estas alturas, cuando la edad ha limitado sus facultades; cuando han llegado a una etapa de su vida en la cual han vuelto a ser indefensos. Incapaces de cuidar de su higiene física y mental, necesitados de quien les alimente, incapaces de atender sus necesidades biológicas, incluso imposibilitados de caminar, o quizás de hablar o ver, de escuchar, y definitivamente de velar por su propia seguridad. Nuestra sociedad simplemente les ha dado una patada y los ha abandonado en la calle cual perros callejeros.

Pidamos perdón y actuemos dentro de nuestras posibilidades. Evitemos esa hipócrita indiferencia y castiguemos a este gobierno por su descaro total ante esta vergonzosa realidad. Ni el presidente, ni la primera dama, ni el General, nadie se preocupó por ellos. Exijamos a los candidatos que incluyan específicamente el tema en su agenda de gobierno. ¡Ya no más indiferencia e inconsecuencia! No da el que tiene sino el que quiere.

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