SIEMBRAPerla en hocico de coche
Queridos lectores, gracias a su interés, Prensa Libre me ha otorgado la oportunidad de dirigirme a ustedes cada ocho, todos los martes. A pesar de la tentación que implican los temas políticos en nuestra Patria, es importante reflexionar sobre otros asuntos que impactan a nuestra sociedad.
Un reciente reportaje de Prensa Libre nos recuerda la triste realidad de los abusos constantes a los que son expuestas las mujeres en nuestra tierra. Este no es un tema de feminismo o machismo, se trata de los derechos fundamentales de nuestras compatriotas.
Anteriormente platicamos sobre el cuidado que tenemos que tener con nuestras hijas. ¡Qué felicidad sentimos cuando nace nuestra nena! Nadie se pone a pensar del futuro sombrío que le depara en un medio plagado de degenerados y violentos animales. La verdad es que los padres tenemos una gran responsabilidad desde el primer día.
El ejemplo es el gran maestro, tanto para la niña como para el niño; recordemos que la violencia no es sólo física, sino verbal y también psicológica.
La palabra no convence, el ejemplo arrastra. Violencia debe ser una palabra prohibida en el hogar, no hay tales de que tienen que aprender a defenderse; uno se defiende con inteligencia, educación y cultura. El diálogo y honestidad son los pilares de un hogar en paz, y un hogar en paz es sin ánimo de una sociedad en paz. ¡No hay acuerdos que puedan más que la paz de espíritu!
Lo cierto es que nuestras hijas deben gozar de su libertad, relativa. Sin olvidarnos que la responsabilidad de su bienestar recae totalmente sobre nuestros hombros. Ellas tienen derecho a vivir pero no tienen la madurez ni el juicio necesario para poder velar por su seguridad ante los desmanes que se dan en la juventud hoy en día. Respetemos su desarrollo conforme su edad pero estemos siempre vigilantes por su seguridad.
Desde muy chicas hablémosles de lo importante del amor propio, de amarse y respetarse a sí mismas. De amar y respetar su propio cuerpo, alma y corazón. Y ante todo, que exijan ser respetadas, por quien sea, como sea y en donde sea. Que conozcan sus derechos y no permitan jamás ser pisoteadas por cualquier chorreado vestido de príncipe azul.
Que rijan sus vidas dentro de principios morales fundamentales, si quieren laicos, pero que claramente diferencien entre hacer el bien y hacer el mal. Para que con ética hagan referencia a la calidad humana de las personas y a la bondad y maldad de las acciones humanas. Así, a tiempo, identifiquen y desprecien a esos mal entendidos machos que en el futuro cobardemente abusarán de ellas. El que mucho huele, algo le hiede.