VIA LIBRE“Civilizar” a los indígenas

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En el Decreto del Ejecutivo No. 451, del 10 de octubre de 1892, se convocó a un concurso sobre cuál era el mejor sistema de civilizar a los indios. El entonces presidente de Guatemala, José María Reina Barrios, reconociendo que la gran mayoría de población del país estaba conformada por una clase indígena que se encontraba en total atraso, quiso buscar una forma de instrucción acorde a esa población, porque su administración estaba interesada en ?quitar de raíz todos los obstáculos que se oponen a la marcha del país por la vía del adelantamiento, para lo cual se debe buscar los medios más eficaces y menos costosos?.

Con los años, el discurso y las intenciones han variado, pero lo cierto es que ?lo indígena? se habla desde hace mucho. Las variables de la discriminación, la exclusión, la opresión y el racismo forman parte del discurso actual, pero vemos que el tema no es únicamente una cuestión de moda que alguien se sacó de la manga para entretener a la audiencia.

Hablar de lo indígena es hablar de realidades que se confirman en nuestra convivencia cotidiana desde hace siglos, y en algún momento había que tratar abiertamente el tema para que no se quedara ?ad eternum? al margen del debate y de la posibilidad.

Se dice que no hay cómo tomar distancia para ver mejor las cosas. De allí, que en un país de mentalidad colonial con islotes posmodernos como el nuestro, tuvieran que ser el tiempo y ?esos shutes de la comunidad internacional? los que vinieran a poner sobre la mesa el tema de los derechos humanos de las poblaciones indígenas y de otros grupos marginados.

Si bien es cierto que todo el día nos pasamos ?discriminando? entre unas opciones y otras (qué comer, a dónde ir, con quién juntarnos), no podemos extrapolar este simple hecho a un fenómeno social que ha favorecido la opresión y la exclusión de millones de personas por siglos. No es lo mismo dejar de juntarse con un amigo porque a uno no le cae bien, que evitar sentarse en la misma mesa con alguien porque viste traje indígena.

Quienes insisten en que la discriminación no existe hacia ciertos sujetos y grupos sociales, o están ciegos, o nunca han leído nada, o son dogmáticos de pura cepa, o son de los que afirman que esto de la discriminación hacia los indígenas no es más que un espectáculo montado por una comunidad internacional que se quiere sentar en los ?millones? de dólares que le produce sostener ese discurso.

No quiero decir con esto que no se haya manipulado el tema de la discriminación para diversos fines, pero de eso a que no exista, hay una gran diferencia.

Sin embargo, esta negación de la discriminación y el racismo ha sido sostenida como un velo ideológico para legitimar la opresión, y no como una descripción objetiva de los hechos. Claro que ya hay indígenas en los trabajos, las universidades y los espacios de participación pública, pero también persisten los chistes sobre Pedro y María, la idea de ?pobrecito el indito?, el uso de la palabra ?mija? para referirse a la señora que vende fruta, o la prohibición del ingreso de indígenas a ciertos lugares públicos.

Muchos dicen que los indígenas están así porque quieren, porque les gusta, o porque no han tenido fuerza ni inteligencia para cambiar las cosas. Yo digo siempre que hay que revisar las alternativas que ha tenido ese sujeto o grupo subalterno para enfrentarse a la opresión. Veamos el caso de Eulalia Miguel, la niña indígena que ayer se enfrentó a la justicia en los Estados Unidos. La discriminación nació con ella y la ha acompañado a lo largo de su corta vida.

No voy a ahondar en los detalles que se han ventilado en estos espacios, pero quiero dejar unas preguntas en el aire que siempre me cuestionan sobre lo que es justo y lo que es legal: ¿Qué importa si ella no habla inglés o español? ¿Qué importa si fue violada en el trayecto a Estados Unidos y de allí nació una niña a la que ella supuestamente asfixió para evitar sufrir quién sabe qué consecuencias?

¿Qué más da que no sepa ni leer ni escribir, que no tenga dinero, ni sepa trabajar? Lo importante ante la ley seguramente es que ella no tiene papeles, que se atrevió a desafiar a la autoridad y que contravino su sagrado deber de ser madre. Lo demás, no importa.

ESCRITO POR:

Carolina Escobar Sarti

Doctora en Sociología y Ciencias Políticas de la Universidad de Salamanca. Escritora, profesora universitaria, defensora de DDHH por la niñez, adolescencia y juventud, especialmente por las niñas