VIA LIBREPan y paz
Diciembre llegó de nuevo con sus hermosos celajes, sus desnudas ilusiones y sus crudas realidades.
Los villancicos navideños apenas alcanzan a disimular la gran paradoja que el mundo vive en estos tiempos, y el hormigueo de los centros comerciales convive abiertamente con la quietud de millones de bolsillos y estómagos vacíos.
Los soñadores le seguimos apostando neciamente a la paz, mientras los dueños de las grandes decisiones mundiales apenas si hacen una tregua de segundos en su intención de guerra.
No hay varita mágica o Santa Claus que puedan hacer desaparecer de inmediato la corrupción, la injusticia, la opresión y la violencia. Y es que éstos no son únicamente males de un gobierno, de una empresa o de un país del tercer mundo; son los eslabones de una cadena que comienza en los organismos financieros internacionales, en las empresas multinacionales y en las superpotencias mundiales.
En un lado se dibuja la silueta de mundo que se quiere, y en muchos otros se hace básicamente lo que se puede; el pan y la paz se pierden por muchos senderos del laberinto antes de encontrar la salida.
En este tiempo de luces y adornos brillantes en anchas avenidas, millones de seres humanos siguen viviendo en calles demasiado estrechas.
La geografía humana se dibuja de manera desigual, quizás como nunca antes; las elevaciones son más altas y las depresiones más hondas.
La Tierra es menos tierra, el Poder es más poder, y la Miseria más miseria que nunca. Sin embargo, hay gente feliz caminando por las calles, porque el ser humano siempre tendrá en la esperanza su último refugio.
Por demás interesante, es observar cómo una civilización adicta al trabajo, al consumo y al dinero celebra el nacimiento de Jesús.
El signo de un nuevo tiempo que se vive en nombre de la eficiencia y el progreso, provoca escenas como la que me tocó ver ayer a primeras horas de la noche en este país que combina las tradiciones españolas, con las indígenas y las norteamericanas.
En un carro pequeño, una familia obviamente devota de las tradiciones navideñas guatemaltecas, pero sin mucho tiempo para realizarlas, llevaba una posada.
En el techo del carro iban José y María bien amarrados, y adentro del carro iba una niña tocando la tortuguita, mientras los demás cantaban.
Detrás de ellos, otro carro sonando la bocina al ritmo del ?tucuticutú?. Termina una haciéndose la pregunta que se hiciera Eduardo Galeano en uno de sus escritos: ?¿para qué sirven las máquinas, si no reducen el tiempo humano de trabajo??.
Los coros angelicales propios de la época, se confunden con los ritmos tropicales que se escuchan en los convivios de oficina.
En este tiempo del espectáculo, la navidad pasa a ser la protagonista de turno: debajo de nuestro árbol navideño ?Gallo?, se celebran las noches más salseras del año; el desfile ?Paiz? festeja el advenimiento de Jesús con carrozas al estilo Disneylandia, y la ?Noche Campero? ilumina el cielo guatemalteco con cientos de luces de colores que hacen ver pequeña a la estrella que guió a los Reyes Magos.
Gracias a esta ilusión temporal de abundancia, las cartas a Santa Claus aumentan y las penas parecen ser menos penas.
Nadie puede llevarse toda la miseria del mundo a su casa en la Nochebuena, ni puede cargar sobre sus hombros el peso de todo el sufrimiento humano; si así lo hiciéramos, terminaríamos por volvernos locos.
Sin embargo, cada uno de nosotros puede reflexionar sobre lo que puede hacer para que otros vivan mejor; no importa si es una ama de casa, un presidente o está en una cárcel, siempre se puede hacer algo para dejar este mundo mejor de lo que lo encontramos.
Quienes hemos sido más críticos con el sistema, somos muchas veces quienes más esperanza cobijamos de cara al futuro y quienes más soñamos con la paz del mundo.
Siempre andamos abriendo los ojos y la boca para expresar nuestra inconformidad con tantas cosas que tienen a millones de seres humanos viviendo en la más absoluta de las miserias.
En lo personal, todavía sueño con que mis hijos o mis nietos vivan muchas navidades en las que a nadie le falte el pan en la mesa y la paz en el corazón.