El secreto para cambiar la realidad de la desnutrición es trabajar unidos

El coronavirus evidenció nuestras deficiencias, excediendo la capacidad de atención de centros hospitalarios y la interrupción de servicios de salud y nutrición que se quedaron en pausa, afectando a personas enfermas y niños desnutridos.

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En 2020, los casos de desnutrición aguda en la “temporada de hambruna” -de abril a agosto- no fueron mayores que en 2014-2019, posiblemente por las medidas del gobierno para enfrentar el covid-19. Los datos parecen alentadores, pero debemos considerar que las familias tienen ahora más problemas económicos para comprar alimentos. Los precios del maíz, frijol, arroz y huevos aumentaron en un 30%, y a largo plazo pueden deteriorar la salud y nutrición de las familias, impactando en el bajo peso en los niños y el retraso en crecimiento.

Tenemos también a otro enemigo menos evidente que es el sobrepeso y la obesidad, el cual va en aumento debido al alto consumo de alimentos industrializados altos en grasas y azúcares, además de una vida sedentaria. Esta población es de alto riesgo y la mortalidad por covid-19 llega a ser 10 veces mayor que en una persona sana.

En Guatemala, los problemas de nutrición muestran dos caras de la moneda. Por un lado, la desnutrición, que es más notoria en niños menores de 5 años; por el otro, sobrepeso u obesidad, que se presenta en niños mayores, adolescentes y adultos. Aunque parezcan opuestos, en realidad una es consecuencia de la otra.

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Se ha demostrado que, si el bebé sufre de desnutrición desde el vientre, al nacer se enferma mucho y no se alimenta bien, y es más vulnerable a sufrir de obesidad, enfermedades cardiovasculares y diabetes en la edad adulta. Por esta razón no es raro encontrar en Guatemala hogares con niños desnutridos, y madres o padres obesos o con problemas de salud por exceso de peso.

Este escenario nos da la pauta para enfocar los esfuerzos de país en realizar acciones para prevenir y erradicar las dos formas de malnutrición, en especial por la situación en que nos encontramos, con crisis económica, limitación en la compra de alimentos y pérdida de cosechas por las tormentas Eta e Iota.

Además, los efectos físicos y emocionales de la pandemia afectaron la actividad física y recreativa, y para muchos ha sido una época de consumir alimentos baratos, altos en calorías y azúcares, que propician el aumento de peso.

Es un círculo vicioso que hay que atender y “cortar por lo sano”. Entonces surge la interrogante de siempre: ¿y cómo lo hacemos? Desde la academia, extendemos una invitación a unir esfuerzos y trabajar en conjunto con el gobierno, oenegés y agencias de cooperación, para documentar y exponer las experiencias del impacto que han tenido las intervenciones realizadas desde los gobiernos locales, identificar las que han dado mejores resultados y desarrollar modelos de abordajes integrales y no aislados. Además, considerar programas que sean multinivel y multidisciplinarios de doble propósito para enfrentar la desnutrición y obesidad, así como buscar los mecanismos para llevar a cabo estas acciones de forma unificada y no aisladas, que permitan potenciar su impacto.

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M. A. Ana Isabel Rosal es investigadora y directora del Departamento de Nutrición de la Universidad del Valle (UVG)


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