Revista D

Jorge Antonio Ortega Gaytán: “Todos perdemos con la guerra”

Es hombre de la milicia y de las Letras. Recién presentó su libro Los pilotos aviadores.

Ortega Gaytán tiene un completo estudio titulado Conflictos militares del presidente Manuel Estrada Cabrera.  La Guerra del Totoposte de 1903 y la Campaña Nacional de 1906.

Ortega Gaytán tiene un completo estudio titulado Conflictos militares del presidente Manuel Estrada Cabrera.  La Guerra del Totoposte de 1903 y la Campaña Nacional de 1906.

Su carrera la ha desempeñado en el Ejército de Guatemala, es coronel de infantería, pero también ha dedicado mucho de su tiempo a las Letras. De hecho, el 29 de junio del 2011 ingresó en  la Academia de Geografía e Historia de Guatemala con su trabajo Conflictos militares del presidente Manuel Estrada Cabrera. La Guerra del Totoposte de 1903 y la Campaña Nacional de 1906. A dicha obra de carácter histórico se le suman Los paracaidistas (1997), Los kaibiles (2003) y Los marinos (2004).

Jorge Antonio Ortega Gaytán, nacido en Guatemala el 5 de enero de 1959, hace pocos días presentó su reciente libro: Los pilotos aviadores, en el cual narra cómo hace poco más de una centuria que los guatemaltecos tomaron la decisión de dominar el espacio aéreo, sin importar los riesgos y retos de alzar vuelo en precarios aparatos. “Era una gran aventura”, dice.

 En esta entrevista, Ortega Gaytán habla sobre su obra escrita, opina sobre la actualidad de la aviación del país y de los retos que afronta el Ejército nacional.

Cuénteme sobre su estudio  Los pilotos aviadores.

En él se compilan cien años de historia, donde se narra cómo los guatemaltecos lograron conquistar el sueño de volar. Aquellos primeros tiempos eran espectaculares. Don Alberto De La Riva fue pionero de la aviación de nuestro país. Mandó a construir un planeador a la carpintería del señor Víctor Ortiz, en marzo de 1911. No empleaba motor; era sumamente básico. Estaba listo para junio de ese año. El Estado, incluso, le prohibió volar, porque era muy peligroso. De La Riva, sin embargo, continuó con su cometido y lo logró.

Para entonces habían pasado más de ocho años desde que los hermanos Wright llevaron a cabo su primer vuelo.

Así es. Pero en Guatemala, como en otros países, ya se habían efectuado viajes en globo. Eso, desde la época de Rafael Carrera. Está documentado un caso en el que uno de esos aparatos se incendió, cayó y murió quien iba en la canasta.

¿Usted se habría animado a volar uno de los aviones de la década de 1910?

 Si hubiera estado joven, sí, porque era un reto; toda una aventura. Muchas de las historias de los primeros años terminaron en tragedia, pero había muchachos que estaban sumamente interesados en conquistar los cielos. En cambio, si hubiera vivido en esa época, pero siendo viejo, no me hubiera animado. Uno de adulto razona y valora otras cosas.

¿Tiene especial admiración por determinados aviadores, guatemaltecos o extranjeros?

Soy cien por cien nacionalista. Por ejemplo, me parece interesante la vida del totonicapanense  Jacinto Rodríguez Díaz, quien fue becado en 1919 para estudiar aviación en Estados Unidos. Al regresar a Guatemala, un año después, no pudo formar parte de la aviación militar, pues el gobierno de Manuel Estrada Cabrera —su protector— había sido derrocado.

Rodríguez Díaz, entonces, se dedicó a la farmacéutica. Hasta 1929 pidió autorización al presidente Lázaro Chacón para efectuar una travesía de buena voluntad, con escalas en cada uno de los países de Centroamérica y regresar directo desde Panamá. Con el consentimiento presidencial, empezó el viaje el 4 de mayo de ese año. Fue un éxito. Ese fue el primer viaje en avión que se efectuó en el Istmo. Lo condecoraron aquí y allá,  y los diarios de entonces lo publicaban con grandes titulares. Para esa época, ese vuelo era larguísimo y era una hazaña.

¿Cuál diría que han sido los accidentes aéreos más estrepitosos sucedidos en Guatemala?

Hay dos que conmocionaron al país. Uno sucedió el 27 de octubre de 1951, cuando el avión C-47 se estrelló cerca de Flores, Petén. Murieron tres tripulantes y 27 distinguidos artistas, entre ellos Paco Pérez, compositor de Luna de Xelajú; solo hubo dos sobrevivientes.

Otro trágico suceso, del cual aún hay muchos cabos sueltos,  fue el de un avión DC-3 de Aviateca que se estrelló en Raxón, cerca de Cobán, Alta Verapaz. Fue el 24 de mayo de 1956. Esa fue la primera vez que se enviaron paracaidistas para hacer maniobras de rescate.

Trasladándonos a la época actual, ¿qué piensa del aeropuerto Internacional La Aurora?

Bueno, este data de la década de 1920 y quedaba en las afueras del centro capitalino. Hoy, la ciudad ha ahogado al aeropuerto.   Tiene muchos riesgos, porque los aviones prácticamente pasan esquivando los edificios. A la hora de un accidente se complicarían las cosas aún más. Creo que hay que tomar una decisión ya o en un futuro no muy lejano, y trasladarlo a otra área, con pista alterna y donde las aeronaves pudieran sobrevolar lejos de los volcanes y de construcciones altas. Es un peligro tener un aeropuerto en el corazón de la ciudad.

Entonces, ¿dónde?

 No soy especialista en ese tema, pero considero que el área más acorde sería la Costa Sur, como lo hicieron los salvadoreños.

Personalmente me da vergüenza que nuestro aeropuerto ni siquiera tenga aire acondicionado.

  —Silencio—. Son fallas administrativas; alguien debería hacerse responsable de eso.

¿Cree que en Guatemala se preparan buenos pilotos aviadores?

 Claro que sí. La Escuela Militar de Aviación, por ejemplo, la considero muy buena, aunque le falta tecnificarse. Es una buena opción para todos, porque ser piloto cuesta muchísimo dinero a nivel privado. 

 Usted es un militar con bastantes tendencias hacia la literatura. Cuénteme un poco sobre esa doble faceta.

Siempre le tuve mucho amor a la lectura. He heredado grandes bibliotecas de mi familia. Pero mire, creo que no hay conflicto entre la profesión militar y las Letras. Le pongo tres grandes ejemplos de literatos que han sido hombres de armas: el Manco de Lepanto —Miguel de Cervantes—, autor de Don Quijote de la Mancha; Bernal Díaz del Castillo, un soldado de infantería cuya gran obra fue La historia verdadera de la conquista de la Nueva España; y el capitán Francisco Antonio de Fuentes y Guzmán, quien escribió   Recordación Florida.

Aparte de las armas, ¿cuáles son los fuertes de un militar?

 La Matemática, la Historia y la Geografía. Un militar sin esos conocimientos, está perdido.

¿Cuáles son las falencias del Ejército de Guatemala?

Mejor las fortalezas, usted…

No, porque de eso hablan todos.

 —Ríe—. Es una pregunta difícil. Diría que la vida de un militar es sacrificada. Muchos de mis compañeros se quedaron en el camino —murieron— en la guerra interna o en accidentes, así que uno no sabe si va a regresar al hogar; se descuida mucho a la familia.

Bueno, pero con eso usted me cuenta del sacrificio, pero no ha respondido a mi pregunta.

 —Respira—. El Estado debe actualizar su defensa en cuanto a lo tecnológico.

¿De qué sirve un ejército en tiempos de paz?

Sus funciones básicas son defender la soberanía, la integridad y el honor de la nación. Por eso se apoya en los deberes de protección de los recursos naturales, generadores de energía, puertos y fronteras.

¿Cree que se cumple con esos cometidos?

Hay limitantes que se dan por las demandas de carácter social.

¿Qué opina de la labor del Ejército en el combate del narcotráfico?

Es una tarea que no le corresponde, pero, como le digo, la situación nacional necesita de su apoyo.

¿Qué opina de las deslealtades? Digo, porque se han identificado kaibiles involucrados en el narco.

Son pocos, pero de los casos que han habido, por supuesto que son una deshonra.

Usted tiene intereses a nivel sociológico. Si combinamos eso con su experiencia como militar, le hago esta pregunta: ¿cree que el ser humano tiende a destruirse?

No. Lo que pasa es que nacemos indefensos. Así estamos hasta el final de la adolescencia. En todo ese tiempo nos enseñan a defendernos, pero no a destruirnos. Creo que eso sucede cuando aparece en nosotros el egoísmo y la vanidad. Por eso, considero que las naciones más educadas son las más belicosas, pues tienen más recursos qué cuidar. Entre más cosas tengan, más poder le dan  a sus fuerzas armadas, y así empiezan los cuentazos. Pero lo que hay que tener en mente es esto: con la guerra, todos perdemos.

 

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