Es Noche Vieja, ella me espera en el sofá. Lee Cuentos de Navidad, de Charles Dickens, y siento como si me impusiera la obligación de viajar a los confines del mundo. Está feliz, su figura es una continuidad del sueño. Se levanta y me besa. La abrazo, me quito el saco. Voy a la cocina, preparo la cena. Le muestro la botella de vino que adquirí en el supermercado. Mientras cocino, ella lo destapa y me lleva una copa. Brindamos porque somos dos soledades encontrándose. Hay algo que no sé describir: el modo cómo pone sus ojos en mí. Nadie antes lo había hecho así. En la calle hay más silencios de los que imaginé. Charlamos hasta media noche, luego cenamos y comemos uvas. No llegamos a nada, aunque pensándolo, sí: nos asomamos a otra cosa que en última instancia es la única cosa que cuenta en esta historia: el silencio como subtexto que se mueve entre cuatro ojos, entre lejanías de pocas cuadras.
El silencio es un pájaro, una nube, un fin de semana, un 24 de diciembre cargado de lentitud. Es el enigma a descifrar, el que nos dará, conforme el gozo haga su labor, el tamaño de un corazón que se va haciendo grande, horadado por las gotas de sus axiomas. Y de ahí, de lunes en lunes, de jueves en jueves, el silencio será una sombra de nuestra sombra y comprenderemos el tamaño de lo ganado. Entonces, también serán los martes, los miércoles, los viernes, los sábados, los desolados domingos hasta que el amor sea aire en cualquier avenida de la ciudad y nos veamos en un espejo y solo encontremos reflejadas preguntas y el esqueleto de nuestra mirada, florezca porque estarán esos ojos que nos enseñaron el extraño ejercicio de mirar. Y seremos siluetas en las avenidas para recordarnos de algo: un beso, una mirada, una fecha, una Navidad con vino tinto y tantos sueños por delante en la ciudad de la furia. A la sazón, con el costal de días sin dolor, abriremos esa noche “la cajita de los sueños”, los regalos, escucharemos música y la afonía será después de los abrazos enfrente del árbol decorado como si esperáramos una epifanía.
Mañana iremos al mar. Allí nos miraremos hasta quedarnos ciegos. Quizá no encontremos la piedra filosofal, pero sí algo más hondo: nosotros mismos siendo. Cuando crucemos la calle sentiremos que finaliza un día intacto, sin sombras detrás de nosotros, la luz del mirar, pozo de sol para dos seres que barren sus sombras tras el umbral de una paz con perro y un árbol sin nombre… Cuando regresemos, será para contar el resto de los días, la historia de ese mirar en un día de Navidad y el tiempo de vivir nos marque el alto en ese andar cuando el emperrado corazón deje de “amorar” y latir —como reza un verso de Juan Gelman— y solo quede una huella en unas cuantas páginas que muchos recordarán muchos años después.