Vida

¡Embutidos, caja 9!

Metropolitanicamentehablando: No nos atraen con queso sino con ofertas ?pague2 y lleve 3?, con cepillo de dientes gratis o con chocolates en la cola de las cajas

Desde que uno entra ya corre riesgo de comprar lo que no quería, lo que no sabía o lo que creyó que no existía, además de aquello por lo que iba.

Tenga cuidado con la góndola al nivel de la mano, porque de ellas se toman productos casi por reflejo y, como los supermercaderes lo saben, ponen allí ese jabón-aceite-sopa-café que Ud. debe probar, que urge vender o de una bolsa que sale 47 centavos más cara que las cajas cerca del suelo. Si no me cree, lleve su calculadora.

Si lleva niños, también hay ratoneritas para ellos. Ponen a 1 metro de altura la gelatina con muñequito, rompecabezas o vasito de la nueva película de Disney.

Aunque en el embotellamiento de carretas parezca que nadie nos mira, sepa que nos observan, no sólo para vigilar que nadie se lleve nada sin pagar, sino para estudiarnos, diseccionar y anticipar nuestros impulsos. Por cierto, nunca vaya con hambre a ?hacer el super?. O vaya y muerda más fácil el queso.

De entrada le ponen muros de papel higiénico en oferta y la edición conmemorativa del detergente X (que no se vendió mucho cuando salió hace 3 meses).

Ande muy atento para saber cuál de las dos presentaciones del detergente es la que aparece en el folleto de las ofertas a Q40.95.

No sea que ya en la caja, después de aburrirnos un rato en la fila de carretas (viendo una tele que no se oye para nada), después de esperar a que el cajero le cambie papel a la registradora, después que a una señora le trajeran unas panty medias… (¡Damas caja 11, Damas!) y después que todo el mundo conociera el precio de una tanga de encaje color azul (Lencería, caja 11, Lencería), sólo falta que nos digan que la oferta del cereal era en la caja de 2,500 gramos y no la de 2,850 que es la que llevamos. O que era el de aroma Frambuesa Primaveral.

Ni pensar en ir a cambiarla. Hay una fila de carretas y está lejos. Y pensar que esperamos (creyéndonos listos) viendo gratis las revistas y aguantando el antojo de agarrar un chocolate, de esos junto a las baterías y las rasuradoras.

Otro, día un letrero anunciaba cierto jugo de naranja importado: antes Q45.00, hoy Q13.95. Era tanta la bondad y tantas las veces que vi el precio de 45, que me puse a ver la fecha de vencimiento. Era al día siguiente.

En otros lugares son sinceros crudos y pelados: Dulces XÑ, pague 1 y lleve 3. Y en letras más grandes: ?próximos a vencer?. Me conmoví con tanta generosidad cuando ya no queda más.

¿Qué más necesitamos?

Eso pienso mientras empujo mi carreta (en la que sólo van bailando un bote de leche en polvo, 5 libras de azúcar y un paquete de galletas). ¿Me alcanzará para comprar calcetines? ¡Pero están rebajados los pañales! ¡Qué ricas se miran esas piñas en dulce, pero urge el cloro y un lavapachas!

Mientras vamos por esta avenida rodeada de edificios rascatechos en donde se amontonan todas estas cosas que necesitamos para vivir y sentirnos proveídos, me pregunto, ¿en realidad hará más feliz a alguien ese desodorante ambiental con fragancia de azahares con melón? ¿Realmente necesito este cepillo de dientes con la jeta dientuda del tiranosaurio Rex?

¿No encontró algo?

Como el cliente es primero y es lo mejor y es sublime, a la salida le ponen un papelito para que escriba lo que no encontró o si la de la perfumería le atendió mal.

Yo pensé en escribir que hubo cosas que sí encontré, pero no pude comprar.

Y también pensé que hay gente con dinero malhabido, funcionarios corruptos y trepadores, que sólo vienen y rellenan sin pena dos carretas (sin esa preocupación nuestra de que nos alcance la quincena). Pero que bien quisieran encontrar una lata de 3,500 gramos de decencia, un paquete de 2 kilogramos de honradez o por lo menos, un aerosol repelente de conciencias.

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