Es de una casa de huéspedes que ofrece sus servicios a jóvenes estudiantes. Comparte espacio en un collage de cartelera con anuncios de cambios en la fechas de exámenes de retrasadas o de invitación a meterse a un curso de vacaciones que fue en noviembre pasado.
También hay anuncios de empleos (en ventas), ofertas de levantado de texto, venta de computadoras y de alguien que perdió un celular.
Las colas de enero
Las aulas y los pasillos son insuficientes para los miles de estudiantes que se inscriben cada año. La prisa por llegar no es tanto por la responsable puntualidad, sino por conseguir escritorio para no pasarse dos horas recibiendo clases de pie o tras una ventana.
En ciertas facultades como Ingeniería, Economía, Derecho, hay salones en los que un centenar de estudiantes reciben, al principio, hasta de pie sus clases.
En ese reducido espacio, además del calor se encierra el humo de por lo menos diez cigarros. Desde lejos se ve la diminuta catedrática, que camina de izquierda a derecha sobre la tarima de madera. Con su voz ceremoniosa y el gesto serio, intenta explicar el programa del curso.
Este hacinamiento, que se hace eterno cada día, no dura mucho tiempo. Después de los primeros exámenes parciales, buena parte de los estudiantes se retira y, al regreso de la Semana Santa, muchos pareciera que se quedaron en Cancún, en el puerto San José o, en el peor de los casos, fumando en su casa y llamando por teléfono a los que sí volvieron a las aulas.
Se les nota lo colegial
Hay alumnos de primer ingreso que todavía le dicen “seño” o “miss” a la catedrática o “profe” al licenciado que da matemáticas.
Otros le llaman “recreo” a esos minutos de descanso que hay entre período y período, y las patojas se esmeran en hacer todavía las carátulas de sus trabajos con adornitos y florecitas y tonteriítas que rematan con crayones de colores. A muchos licenciados esto les encanta.
Eso sí, estos patojos muy de primer ingreso y todo, pero trasladan a la universidad los “hábitos” que adquirieron en la secundaria y alcanzan un mayor grado de especialización en la creación de “chivos”, que van desde el clásico papelito doblado en forma de acordeón, hasta las fórmulas matemáticas escritas con lápiz sobre una escuadra transparente, eso sin dejar de mencionar los largos textos que se yuxtaponen unos sobre otros en una masa de la que sólo se adivinan pedazos de fórmula, de concepto, de diagrama de Maslow.
Los que viven en la U
Hay alumnos que son otra vez de primer ingreso. Han recorrido la mayoría de las universidades y del primer semestre no pasan.
Después de que el catedrático dijo el número de carnet 82-34576, de Clodoveo Juárez, se escuchó una carcajada en el salón. Este “muchachón” se inscribió en Arquitectura en 1982, pero las líneas y diseños no eran para él y decidió, quince años después, inscribirse en Psicología. Pasará algún tiempo antes de que los patojos de 18 dejen de ver a este hombre de 35 como un señor.
A pesar de todo, en la “U” se hacen amigos, algunos de ellos para toda la vida. Cuando estos compañeros que ahora empiezan una carrera se reúnan dentro de diez años (para entonces, la mitad de ellos habrá hecho, con un poco de suerte, por lo menos tres versiones del anteproyecto de tesis), recordarán las pláticas diarias en aquella jardinera de la entrada que no es más que un cubo de cemento que también habrá escuchado muchas risas, algún llanto, varias declaraciones de amor y, más de alguna vez, trompadas.