Juana, una ex empleada mía, que vive a menos de 20 kilómetros de la capital tiene tres hijos, nacidos todos por cesárea. Un día se me acercó, cuando yo hablaba de la necesidad de evitar familia, porque es falso que cada vástago traiga el pan bajo el brazo, y me dijo: Según el doctor yo ya no puedo tener hijos, así que no tengo por qué cuidarme”. Cuando inquirí las razones por las cuales ya no podría ser madre, me explicó que según el médico ella no “podía” tener más familia por las tres intervenciones quirúrgicas que llevaba. Tras mucho indagarla, resultó que el galeno había usado el verbo “poder” en el sentido de “deber”: “Usted no puede tener más hijos después de tres cesáreas” equivalía a usted “no debe tener más hijos…”. En ese caso el léxico jugó sucio, sin mala intención del médico y con la limitación del vocabulario de ella. Entonces estaba separada del marido, pero cuando se vuelva a casar, o a unir de hecho —eso es irrelevante— sí puede tener hijos, con riesgo de su vida.
Wendy, su hermana, terció en la conversación y aseguró que ella no podía quedar embarazada pues nunca tenía relaciones dentro de los cinco días anteriores o posteriores a su periodo (o período), y también estaba “bateando”, como decimos los chapines, porque el “ritmo” es otra cosa, y tampoco funciona demasiado bien. ¡Conozco tantos niños concebidos mientras se lleva el famoso control! Les sugerí a ambas que usaran pastillas anticonceptivas, pero no sabían cómo utilizarlas: creían que con tomar una después de tener contacto sexual ya estaban seguras. Y, desde luego, no se referían a “la píldora del día después”. Cuando platiqué esa vez con ellas, ni siquiera conocían la existencia del sida… Ahora saben de esa plaga terrible que acosa a la humanidad, y vinieron a preguntarme sobre el uso del condón que, aunque no sea ciento por ciento seguro, protege más, no solo de embarazos indeseados, sino de la terrible enfermedad.
Recientemente, como tengo metida en la cabeza la necesidad de limitar los embarazos para que la gente no se quede sin alimentos sin salud ni educación, volví a la carga con un grupo de jóvenes —mujeres del campo— compañeras de mis dos empleadas, y comprobé que siguen tan ignorantes como sus antepasadas. Mi conclusión fue que si las madres no saben cómo educarlas, las escuelas a las que asisten las hijas (y los hijos) tienen que ser las encargadas de darles esos conocimientos.
Si la mayoría de los progenitores son incapaces de dar una educación sexual adecuada, de la cual carecen, no hay alternativa: Los establecimientos escolares deben impartirla de acuerdo con el plan del gobierno, con un vocabulario científico y no con el estilo del siglo XVIII que quiere utilizar la iglesia para explicar que a los niños no los trae la cigüeña.