Vida

La infidelidad, -que la hay, la hay-

El mundo -dice Buda- es apariencia, todo es apariencia y ésta está vacía

El mundo -dice Buda- es apariencia, todo es apariencia y ésta está vacía, más que nada de significación o de sentido.

En cuanto a la realidad, ésta no tiene ni principio ni final, sino sólo algo que está en el camino. Nietzsche enfrenta el saber con el saber mismo. Pero tampoco cree que el saber, en el sentido socrático, sea una respuesta adecuada al gran enigma de la vida. Tiene razón Nietzsche cuando formula su pensamiento de que sólo hay interpretaciones. Todo lo que conocemos, y el conocer mismo está sujeto a cambio, y todo está sujeto al tiempo.

Las interpretaciones no están ajenas a las horas que vivimos. Al hablar de un autor, novelista, cuentista, ensayista o poeta, hay que acercarse a él y a su tiempo. Freud decía: ?El psicoanalista no debe querer exterminar los complejos del hombre, sino enseñarle a reconciliarse con ellos, pues son los legítimos directores de su comportamiento en el mundo?.

Lo bueno sería escenificar nuestra vida y transformarla en obra de arte. De lo contrario, la conflictiva y traumática relación de padres, hijos, el matrimonio, la presencia constante de la muerte, aplasta a la mayoría de la gente. Unos reciben los golpes de la vida con resignación, a otros el sentido del humor y la ironía atenúan la sensación de desolación.

Generalmente, la visión de la vida es negativa, casi negra, pues no vivimos en el mejor de los mundos posibles. Muchos escritores dirigen su atención a captar la negatividad de lo que les rodea. Otros convierten la atmósfera de pesadilla en un ambiente de fiesta: alcohol, drogas, sexo. Y no son peores que cualquiera los que se fugan de cualquier manera de los días iguales hacia vidas más intensas y desean abandonar este mundo-infierno en el que viven, puesto que no son masoquistas.

El pensar en algo que se puede narrar como se narra un viaje o una historia de amor. Las reflexiones, más que los sucesos, alimentan cada una de nuestras vivencias. En mi mundillo literario, algunos compañeros de letras estaban discutiendo la igualdad sexual entre hombres y mujeres, la libertad de las costumbres modernas, el divorcio, el contro demográfico y el concepto clásico del matrimonio tradicional ?de una sociedad destinada a la crianza y educación de los hijos?.

Alguien opuso que el amor es otra cosa, esa cosa más bien indefinible ?que actúa de modo asocial y alocado? y ?mejor todavía fuera del matrimonio y de todas las cadenas?. Otro añadió que el matrimonio es un remedio contra la lujuria.

Paradójicamente éste era un hombre de matrimonio estable, un profesional reconocido, con prestigio de moralizador en sus habituales discursos. Su mujer es una dama aparentemente perfecta. Pero no cabe duda, el deseo de una gran pasión es utópico. También se ha dicho que el hombre de hoy está libre de todo trasnochado romanticismo. De ahí que hubo quien insistió en que hay que dosificar la infidelidad, pero que la hay, la hay, no cabe duda.

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