Lección de pulgas

Con cariño suelen decirles “pulguitas” a los niños   de 4 a 6 años que con sus pequeños uniformes avanzan en fila, a veces al filo de la neblina y los fríos del bipolar enero y el loco febrero.

Son tan pequeños sus pasos y se ven tan ateridos sus rostros infantiles que es imposible no sentir un efecto inmediato de ternura, pero a la vez una recarga de ánimo al encontrar en esa fila de pequeños una lección vital.

Los que andamos por las generaciones X, Y o Z, que nos lamentamos por los pasados y los futuros, con gran frecuencia afrontamos la sonrisa mañanera con una cara de pocos amigos. Cierto es que el presidente no nos motiva con sus discursos, ni la economía familiar se compuso a pesar de los precios de ganga de la gasolina que ya se evaporan; los asaltantes no han aprendido que el dinero les corrompe el alma y aún así, con billetes de sangre les dan de comer a sus familias; los políticos siguen urdiendo las redes verbales con las que intentarán convencer a la gente y si no lo logran aún les queda el recurso de intentar comprar su dignidad con un sandwich frío, una bolsa de azúcar o un paraguas en tiempos en que ya no llueve.

Sí, sobran las razones para desanimarse y no hallarle sentido al amanecer. Hasta que las “pulguitas” aparecen en candorosa fila con rumbo a su salón de clase. Aprenderán que el sol es amarillo y con cachetes, que las jirafas son sonrientes y que el sapo se pasea. ¿Les diremos que no sueñen con un mundo mejor?