Cambiamos nuestra visión del mundo por diversos motivos. Se puede perder la inocencia en una sola noche. Se puede envejecer diez años en un solo día, por un suceso dramático. Se puede volverse indiferente también, y seguir viviendo con una enorme indiferencia.
Generalmente nadie sabe la fecha en que una muchacha se vuelve adulta o un adolescente comienza a mirar la vida de otro modo. Un escritor vincula elementos autobiográficos con el contenido de sus novelas. Y realmente a veces me parece una frivolidad inventar argumentos, habiendo tantas vidas que merecen ser contadas, entre otras la mía.
Creo que dejé la niñez cuando empecé a mirar críticamente a la humanidad. Me di cuenta que había hombres a los que les gustaban las mujeres y las perseguían. Y que también existían hombres que aborrecían de las mujeres. El general Franco tenía fichados a todos ellos.
También me di cuenta que hubo ?chicas de muy buen ver y de demasiado mirar?, según mis coalumnos de periodismo, chicas ?buenas? que servían para casarse, y chicas ?guapas? que sólo eran un ?plan?. Estos futuros periodistas creo que no sabían lo que querían, pero sabían exactamente lo que no querían.
En mi época de locutora para países de habla alemana en Radio Nacional de España he conocido a una serie de grandes personajes de las letras, pintores y toreros famosos, como también a unos pintorescos tipos bohemios, morbosos, y con ciertos dones de no trabajar.
Ellos eran mujeriegos tenaces de gusto modesto y sus víctimas las empleadillas o secretarias de jefes segundones. Traté a familias de clase media, entre las que había algunas que aseguraban haber poseído un cuadro de Goya ?que se llevaron los comunistas durante la guerra civil?.
Otros presumían de poseer un escudo de hidalguía en su casa de campo o en una de sus haciendas.
En realidad, no eran más que grises propietarios de unas tierras peladas, cuyos antepasados aumentaban de categoría de una manera fabulosa en sus relatos.
En aquella época hubo parejas de novios que no se casaban por falta de viviendas. Ellos se amaban tímidamente esperando un dinerillo heredado para poder casarse, y los que luego no se casaban de tanto esperarlo. Conocí a un viejo pintor que tenía una amante de nombre Claudia. Ella siempre estaba en su estudio cuando veníamos a entrevistarlo.
El nos decía: ?Aquí está Claudia, de pura casualidad?. Era la casualidad más constante de su vida. Hubo también una anciana que venía a la radio para que tocasen sus composiciones, que eran siempre las de ?La vida alegre? o de otras operetas vienesas muy conocidas, que ella había ?adoptado? con una gran imperturbabilidad.