Vida

Obsesión fatal Vida breve

Hablar es dispersarse, callar es concentrarse, y escribir es comunicarse.

La gente siempre espera cosas raras de un escritor y espera cosas aún más raras de una escritora. Quiero estar sola. La soledad es indispensable al trabajo intelectual, pero no se trata de excavar palabras encajonadas o escribir meditaciones sobre libros complejos que a menudo son complicados o aburridos. Y si se quiere alcanzar un conocimiento científico de países extraños, sólo raras veces es necesario visitarlos, pues los libros son para lograr este fin, más para comprender en su esencia una nación extranjera, para tener la clave que explique sus particularidades de todo género, e incluso para comprender perfectamente a muchos de sus escritores, es absolutamente necesario haberla visto con sus propios ojos.

No escribo sino para ser leída y aprovecho mis viajes para hacer viajar conmigo a mis lectores, al dedicarme a glosar cosas del arte o de la cultura o al entrevistar a personas que tienen para mí su encanto. Y tras este largo preámbulo iré al grano: la mayoría de las obras nacen de los recuerdos. Son briznas de la memoria personal del autor, que junto con su visión del mundo enriquecen su obra. Si algo puede definir con rapidez la fuerza de una crónica o de un relato son sus propias verdades narradas con elegante sencillez.

Durante nuestro viaje al “ayer” remoto, que ya nada tiene que ver con la actualidad, sino más bien con la contemplación de nuestro vivir cotidiano enfrentando el tiempo, estas incursiones en el pasado contienen momentos tocados de melancolía sobre todo ahí donde el autor cae en la cuenta de su próxima vejez y en la dolorosa realidad de no haber aprovechado el tiempo. La trágica sucesión de ese largo viaje de la memoria nos conduce a un cambio total, convirtiendo a uno mismo y a los personajes conocidos en una galería de vencidos por la decadencia. Todo lo que fue bello y tuvo sentido o fue motor de la existencia tras un periodo de unos 20 o 30 años se ha tornado en decadente. Ante los rápidos estragos del tiempo y ante una vida no apetecible del “hoy”, el pasado es el paraíso perdido, al que a veces se vuelve a pesar de sus fracasos como al único lugar habitable.

Esta escritora es una paseante solitaria, cuya visión del mundo consiste de momentos en que los sueños estallaban como pompas de jabón. El amor se raja, se desgaja, estalla y se hace trizas. En realidad no hay dos personajes que es uno solo. Hay días que se tiñen de nostalgia: el tiempo construido por lo soñado, imaginado, en contraste con lo vivido. Una juventud que quedó atrás, las cosas que llegaron “después” o demasiado tarde. La fortuna cuando ya no queda salud o ganas de vivir, y la vida nos parece como infinitamente más turbia, más cruel, más bochornosa de lo que puede llegar a serlo aun en las más desdichadas circunstancias.

Son días que nos llevan al ambiente de las sombras, la bruma y la pérdida de contornos. A algunos otros las llevan a la huida en la droga o el alcohol. Pero hay que aceptarlo todo con humor, ironía y escepticismo. Era Picasso quien decía: “Un día que pases sin reir es un día perdido”. Y así es como quiero terminar con una anécdota esta crónica de eventuales desdichas, para aliviar la pesadumbre del tema. A un presuicida se le cerraron todas las perspectivas posibles de la felicidad. No capta que esta fatal instantaneidad de sus desgracias sería rebasada por los momentos subsiguientes de mejor fortuna y rompe con el mundo exterior. Sólo escucha la voz monocorde de su obsesión de suicidarse: “Uno se mata como en sueños”. Este caso nos cuenta un joven húngaro desesperado, que se arrojó al Danubio. Pero llegó un policía que, encañonándole con un revólver le gritó: “Salga usted del agua o disparo”. Como despertado de su obsesión por la extraña e incongruente amenaza, el joven suicida nadó vigorosamente y alcanzó, salvo, la ribera…

Talvez este real episodio hará que alguien al que una obsesión semejante empuja violentamente para abandonar ese estrecho recuadro mental, en que se obstina de quitarse la vida, y la “obsesión fatal” quedará deshecha de lanzarse al vacío desolado desde un puente o de una ventana y dejará de caer en el abismo.

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