Vida

Como una ola inmóvil

Vida breve

El reloj es un goteo de horas, horas vacías que se suceden, sustituyen o anulan.

Horas que dicta la propia vida o el destino, las que se convierten en días y en noches. Algunas cosas a lo largo del tiempo no se hacen diferentes, y cuando hablamos con amigos estoy contenta, me río, los quiero, pero no es lo mismo como entrar a tu casa donde alguien te espera, la madre o el padre, que se han ido para siempre.

Silencio en las habitaciones que dan al jardín, donde los años han hecho crecer a los árboles. Los pájaros cantan y nadie los escucha, en un pino y en varios cipreses que me recuerdan que los he plantado yo. Encuadrado en mi ventana está el gran barranco, verde y profundo. De este lado del cristal están los muebles de siempre, que se han hecho de repente viejos. El sofá, donde se sentaba papá, con su terciopelo venido a menos; el espejo en la pared, un lago quieto, donde la soledad baña su oleaje.

La soledad que vino a vivir conmigo fraternalmente desde que mis amores me han dejado, y los padres siguen muriendo todavía. ¡Qué distinto es todo ahora, muchos años después!

La muerte -dicen- no interrumpe nada. Basta querer a alguien para hacerlo real, pero esto no son más que palabras. También dicen que el pasado no vuelve mientras no se le llama. Tampoco esto es cierto, y hay días en que las horas son lo mismo que olas inmóviles y tu vida es un naufragio en un mar de soledad. ?Tenías cerrados los ojos con los que me mirabas?.

Ahora lo que yo miro es sólo un recuerdo. Nos necesitamos mutuamente. Yo te sigo viendo y a veces te hablo. Siguen las dos sillas puestas en la grama del jardín frente al ancho barranco, que era entonces nuestro mundo más querido, con pájaros y flores. Las ardillas corrían saltando de rama en rama, hace ya muchos años.

Ahora estoy sentada ante mí misma, atada a la angustia del ?ayer?, una espectadora condenada a mirar mi propia vida, como una ola inmóvil.

Cuándo llegará la hora de mi propia muerte; los hombres que me amaron no llevarán luto por mí. Ellos tendrán sus propias penas y soledades. Nadie vuelve la espalda al sufrimiento ante el espesor de su vida acumulada. ?No hay que mirar atrás, para no gangrenarse en el recuerdo?, dijo un sabio poeta.

La vida nunca será la misma después de haber mirado morir, que es un terrible aprendizaje. Un mismo dolor es siempre nuevo. Para que no se desvanezca todo necesito escribir. Escribir es la cita conmigo misma. Pienso, mientras escribo, que una voz viene para decirme algo, palabra por palabra. Lo verdadero es como un río, que siempre queda, aunque sus aguas se vayan.

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