Para la generalidad de la población: un torneo más, de ésos que periódicamente acaparan la atención del público aficionado; una serie de competencias, con sus defectos y con sus aciertos.
Para los deportistas participantes: una oportunidad largamente esperada -la más importante de su vida, en algunos casos- en la que deben validarse años de esfuerzo y entrenamiento. Para los involucrados en la organización, entre federaciones deportivas, personal técnico, administrativo y de apoyo logístico: una tarea por cumplir. Para los patrocinadores comerciales y las autoridades políticas: una nueva ocasión de hacerse los importantes. Para los artistas…
¿…para los artistas?
Sí. Para esos pocos individuos que a esta competencia le podían aportar elementos “fuera de competencia”, tomar parte en la celebración de los VII Juegos Centroamericanos supuso toda una proeza.
En primer lugar, desde la óptica de muchos financistas y dirigentes deportivos regionales, “lo artístico” de una inauguración o de una clausura deportivas, no pasa de ser un simple adorno. Es, por lo mismo, prescindible. Si cabe, bien; y si no, también. Esta vez no fue la excepción: las ceremonias fueron proyectadas, y luego canceladas… proyectadas nuevamente, y canceladas nuevamente… y vueltas a proyectar, y vueltas a cancelar…
Finalmente (un cortísimo e insuficiente mes antes de la fecha), dos noticias. La buena: sí habrá ceremonia inaugural. La mala: no habrá plata, apenas un 25% de lo acordado inicialmente. Así es como se ve forzado a trabajar el artista local – obrando milagros (sin ser santo…), dando de sí con tal de rescatar compromisos ajenos (sin ser bombero…), siendo creativo (recordando que “crear” = sacar algo de la nada…)
Desde luego, llegado el momento del “acto cultural” (¡ah, nombrecito! que un locutor le aplica a este espectáculo multi-medial de una hora, con bailarines, cantores, gimnastas, porta-estandartes, ciento cincuenta antorcheros, coreografía, escenografía, música original…), cualquiera aprovecha para señalar desperfectos, encontrarle carencias, bajarle el pellejo a los organizadores y proclamar que se debió haber hecho de otra manera.
El acto protocolario resulta pesadísimo. Demasiado largo, aburrido, ridículo. Media docena de oradores saludan, por pura formalidad, al representante del presidente de la república. Media docena de veces les chifla la concurrencia. Una parte se marcha, sin aguardar el final. Pero, quienes se quedaron no salieron defraudados. Se ha montado una presentación artística de muy buen nivel. “Valió la pena esperar” -relatan, días después- “aparte de que esta vez no contrataron a extranjeros para que vinieran a hacer el trabajo, como hace quince años…”
Algo para nuestra memoria histórica. Guatemala, noviembre – diciembre del 2001.