Como es ampliamente sabido, y como consecuencia de la controvertida “ley seca” en vigor desde hace varios años, a partir de la una de la mañana en Guatemala es ilegal expender bebidas alcohólicas.
Cuál pueda ser el beneficio o el daño que cause semejante disposición no nos interesa discutir; tampoco es que interese polemizar sobre un decreto gubernamental; menos todavía, abrir un debate acerca de las virtudes o las maldades del licor; mucho menos, moralizar a nadie sobre lo que debiera estar haciendo o dejando de hacer a una determinada hora del día o de la noche.
Lo extraordinario es que, aparentemente, ahora también es prohibido cantar, aunque se trate del himno de este país. Una muestra elocuente de este ¿nuevo? entredicho nos fue brindada a quienes nos hallábamos hace unos días en uno de los pasajes peatonales que conectan la plaza central de la ciudad con las calles aledañas, en donde se localizan algunas fondas, regularmente bien concurridas.
Corrían las 0100 horas (…para emplear el argot pertinente…), cuando unos veinte agentes policíacos ocuparon el referido callejón, formando filas sobre los dos muros interiores, e irrumpieron en uno de los locales. Unos momentos antes, el administrador había puesto a sonar una grabación del himno, procedimiento que suele utilizar para indicar que a esa hora se suspende la venta de bebidas fermentadas y destiladas.
El grupo musical que alegraba la velada detuvo su actuación para ceder a las notas del canto patrio, y los presentes decidimos espontáneamente corear sus estrofas.
Cuál no sería nuestra sorpresa, cuando los dignos agentes del orden empezaron a exigir que no siguiéramos cantando. Varios de los parroquianos no salían de su asombro al ver que algunos uniformados incluso los prendían del brazo para conminarlos a que se callaran y abandonaran el sitio.
El colmo de los desatinos lo protagonizó uno de los gendarmes cuando pretendió dictaminar que había que quitar la música. Para hilaridad de quienes se apercibieron de este incidente, la persona que tenía a su cargo el tocadiscos le informó: “Esto no es música; ¡esto es el himno nacional de Guatemala…!”
Los agentes policíacos simplemente no sabían qué hacer. Habituados a montar absurdos retenes de vehículos -tan estériles como entorpecedores del tránsito- u operativos cuyo principal logro es salir retratados en la prensa; a desatender los llamados de la población y a excusarse con patochadas a la hora de responder por su ineficacia; inclusive, a verse involucrados en los mismos actos de corrupción, fechorías y prácticas delincuenciales que se supone debieran estar combatiendo… ya se les acabó el repertorio, y ahora se van a dedicar a perseguir… a quienes canten el himno de Guatemala.
Mejor hagamos patria. Frecuentemos los espacios en que podemos pasar ratos amenos con nuestros familiares y amigos. Aprendámosnos los cuarenta y ocho decasílabos de don José Joaquín Palma, aun cuando sea en su actual versión reformada. Y cuando dé la una de la mañana, entonemos con vigor, una a una, las doce cuartetas. Aunque sea prohibido.
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