Bastante expectativa, anuncios, preparativos, bullicio, mucha gente en las calles aledañas al local el día del concierto.
Finalmente, la presentación, la despedida, el adiós.
Igual que a lo largo de toda su trayectoria, La Tona no se complicó demasiado la existencia, sin pretensiones de grupo conceptual ni nada de esa laya. Tranquilos, quitados de la pena -acaso pasándose de confiados en lo poco necesario de su trascendencia-, allí estaban Neco y compañía, diciéndole adiós a la concurrencia, como se despide uno de un viejo conocido al que no sabe si volverá a ver, pero sin quebrarse la cabeza a causa de eso.
?¿Para vos, cuál es la importancia de una banda como La Tona?? -me interrogaba un amigo, previo al concierto. ?Y, ¿qué pensás de la desintegración del grupo?? -me consultaba también el bateriísta del conjunto, poco antes de comenzar a tocar. Son preguntas simples en apariencia, pero que van más allá de la entrevista, del encuentro casual.
Al igual que un contado número de grupos rockeros guatemaltecos, La Tona pertenece a una generación de transición entre el vacío de los años 80 y la superfluosidad de los 90. Lo que ha hecho este cuarteto (de una configuración típica, con guitarra, bajo y batería, además de su emblemática voz líder), es tender uno de los puentes entre abuelos y nietos del rock nacional, y ha aguantado, y ha resistido, y ha dicho lo que tenía que decir, para darle continuidad a tan fragmentado movimiento. Llega a su final, porque juzga que ya no tiene que ocupar el espacio que le toca a los siguientes, pero sin haber desperdiciado el propio, y para lograr lo que bien proclamó el Neco en un momento del recital: ?Esto ya no lo detiene nadie?.
El evento comenzó mucho más tarde de lo publicado y no pude quedarme hasta el final. Partí temprano, en medio de los fogarones de la tradicional quema del diablo. Mientras percibía todavía los ecos del ritmo asonado de una de las canciones, reflexioné sobre el angustiado fanatismo de quienes condenan la supuesta atrocidad ecológica de quemar basura durante una hora, una vez al año. Pero, ¿cuándo harán algo concreto para contrarrestar verdaderas calamidades ambientales, como las causadas por las constantes emisiones tóxicas de fábricas al margen de cualquier control, o por la inmundicie del transporte colectivo y de carga?
Una comparación poco pertinente, quizás; pero, ¿cuándo se hará algo concreto para que los grupos de rock como La Tona no se tornen célebres solamente a partir del momento en que desaparecen? ¿Por qué se disuelven estas bandas -como insiste otro amigo presente en el acontecimiento- cabalmente cuando han alcanzado un punto de madurez, ahora que sus componentes están mejor facultados que nunca para dejar una impronta en su sociedad? Quizás es lo que hemos llegado a esperar de las iniciativas artísticas en Guatemala o, peor aún, a demandar de ellas: que se terminen en su mejor época, que no saquen más de lo que se han ganado por sus propios medios, sin la interesada ayuda de los demás.
La Tona ha dejado su huella. Con el tiempo se conocerá su profundidad.