A pesar de su evidente redundancia (cualquier música es “del mundo”…), el término ha venido a servir de etiqueta para toda aquella que, en ironía, cabalmente es ajena al “mundo” -tal como lo concibe la cultura occidental- y dentro de ese recuadro se ha buscado aglomerar a las expresiones más disímiles, desde la música ceremonial de Vietnam, hasta las narrativas vocales de los inuit de Groenlandia, pasando por la tradición “Sufi” de Paquistán… sencillamente porque no pertenecen al mundo de la música erudita europea.
Paradójicamente etnocéntrico, este enfoque siempre había considerado a la música de sociedades no industriales como “étnica” (al igual que a las gentes sin una historia “oficialmente” redactada y anotada se les considera simplistamente como “étnias”), y durante mucho tiempo la designó como exótica. Pero, si el término es neutro en sí mismo(porque lo exótico significa simplemente lo extranjero, lo no-doméstico, aquello que viene de otra parte), su uso entrañaba calificaciones peyorativas: lo primitivo, lo remoto, lo rudimentario, lo inculto.
De tal suerte que -para un músico vietnamita, groenlandés o paquistaní- un Mozart o un Schubert podrían haber constituido música exótica… mas, nunca fueron éstos, sino aquéllos, los que tuvieron que cargar con el pesado letrero de “lo arqueológico”. Se trataba de un encontronazo con el Otro, entendido éste como el que difería de lo acostumbrado, lo aceptado, lo ya codificado por Occidente.
Llegado, entonces, el momento de hacer las eufemísticas correcciones políticas, no se adoptó una terminología que, con ser más compleja, hubiera sido más exacta, al reconocer, por ejemplo, que hay música “clásica” en la cultura china, tanto como la hay en la alemana; o que la función ritual de la música religiosa del Perú, es la misma que la de Holanda. A lo que se dio lugar fue a un gran caldo, muy cómodo para medios de difusión y casas disqueras, en el que indiscriminadamente podían mezclarse todos esos exóticos productos del tercer mundo, e incluso los occidentales (siempre que estos atañeran a alguna música popular no comercializada).
Surge así, en los años 1982-83, el nombre “world music”, impulsado por promotores y vendedores de discos, en respuesta a la creciente oferta de grabaciones que no eran en inglés (inicialmente procedentes de Africa, pero con el tiempo también de Asia, América Latina, el Caribe y Europa Oriental), y se abre una brecha por la cual podrían colarse quienes cumplieran con un mercado de productos musicales menos electrónicos, supuestamente más “auténticos”, y -en franca contradicción con la idea de música “mundial”- muy regionales. En una frase, la historia de la “Música del Mundo” es la historia de cómo los productores discográficos europeos y norteamericanos han trasladado la música de otras regiones, desde el dominio de la sociedad no industrial, hasta el consumo masificado -un proceso que también limita asfixiantemente su rango de tolerancia a cualquier alternativa artística.