Vida

La revolución comenzó así

Todo lo que es nuestra vida se desdibuja con el tiempo y la memoria se convierte en un cementerio.

La autobiografía es una leve forma de recuperar lo perdido en el curso del tiempo, que desgasta los recuerdos, para así no olvidarlos, anularlos o liquidarlos. Mi madre siempre me hablaba de Rusia, de la vasta estepa con el llano horizonte, cruzada por caminos de tierra cubiertos de nieve, que en la primavera se convertían en fango y charcos.

Hablaba de las ?troikas?, tiradas por tres caballos que galopan al unísono. Hablaba también de los coros que formaban en la hacienda de sus padres las mujeres de un grupo étnico llamado ?mardwa?, y para las que mi madre, cuando venía a la ciudad, llevaba a regalar hermosos pañuelos para la cabeza.

Aquellas mujeres jóvenes cantaban canciones folclóricas en las tibias noches de verano, sobre la pradera del parque, ante la casa de los viejos duques, una casona de cuarenta salones en fila, uno tras otro, sin puertas, para la perspectiva.

La casona tenía una pequeña iglesia construida por un famoso arquitecto italiano que importó para ella mármoles de Carrara y había construido también unos bellos edificios públicos en Moscú. Mi madre me hablaba mucho de aquella época de su vida en el campo, donde la esperaba siempre un hermoso perro bernardino, al que ella leía versos que él escuchaba ?con fina sensibilidad?.

Me hablaba también de los trescientos caballos de pura sangre, trotadores, criados en aquella finca, los que ganaban carreras de trotadores en la capital por trotar con una velocidad fabulosa, y caían en el galope quedaban excluidos según las reglas de esas carreras.

Aquella finca perteneció cronológicamente a sus antepasados y habiendo vivido mi madre en muchos países y unos treinta años o más en Guatemala, país al que quería mucho, consideraba aquellos paisajes del pasado su verdadera patria y nunca se le borró su nostalgia por Rusia, a la que jamás volvió tras la Revolución Bolchevique.

Su vida transcurrió lejos de su lugar en el mundo y el exilio es una condición natural de todo que que vive fuera de su patria desde el siglo XX, y la recuerda con nostalgia. Para mi madre, entonces de 20 años, la revolución comunista, todavía como un eco lejano, comenzó de la siguiente manera.

Tras una noche de canciones folclóricas de las mujeres de su finca ante un público de campesinos, cuyos jefes habían asegurado a su abuelo, que pasara lo que fuere él debía permanecer allí, viviendo en la misma casa como ?administrador?, puesto que todos lo respetaban y obedecerían sus órdenes.

Después de aquella dulce música, con ecos de la revolución ya más cercana, ardían los establos y el fuego se hacía cada vez más rápido y creciente. En medio de aquel caos, los caballos de carrera galopaban sobre la pradera con las tripas al aire, casi llegando hasta el suelo húmedo relinchando y gimiendo de dolor. Otros campesinos, de otras fincas vecinas, habían venido con sus cuchillos a rasgarles los estómagos y algunos de los caballos ?salvados? corrían de nuevo hacia los establos en llamas, mientras los campesinos de las fincas trataban de apagar el fuego y retrocedían ante el calor en el humo de las llamas y sólo se miraban como sombras.

la casa de los duques ardió también, las llamas salían de sus puertas y ventanas, y ascendían por las torres de la iglesia. Era una escena dantesca y mis abuelos y sus familiares se fueron, preguntándose ?cómo era posible aquello, puesto que los campesinos sienten normalmente cariño por los caballos? que habían macheteado con tanta crueldad.

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