Vida

Ricardo Andrade

Presto non troppo: Caen abatidos los creadores, los pensadores, la gente de genio y virtud

Una tarde de domingo, hace unos tres lustros, un compañero de estudios se apeaba de su bicicleta para comprar un helado, cuando unos balazos disparados desde un vehículo acabaron con su vida.

Era un artista amable, inteligente, sencillo. Dedicado a su familia, a su trabajo y a sus cursos universitarios. Ni pendenciero ni imprudente, sin deudas ni acreedores, sin inclinación por actividades peligrosas ni amigotes metidos en negocios oscuros.

Su única culpa fue encontrarse en el camino de las balas. Posteriormente se dijo que había sido un ?error?… que los asesinos buscaban a alguien más.

Otra tarde de domingo, una quincena de años después, fallece tras ocho días en coma, un músico de rock, dinámico, cordial, igualmente sencillo. Entregado a su arte, emprendedor, colaborador entusiasta, con quien igual compartimos la gran escena del concierto multitudinario, como la espontaneidad de una reunión informal.

Habiéndose apeado de un automóvil para efectuar una visita familiar, le tocó recibir a él y a otro de los integrantes de su banda, el circunstancial tiroteo de unos homicidas con quienes no tenía nada que ver.

Cuantos les conocieron han exclamado, indignados, que esto es el colmo. Morir sin razón, sin objeto, sin tan siquiera la mezquina utilidad que persigue un vil asaltante común. La vida no vale nada.

Sobreviven los canallas, los mercenarios, los genocidas. Caen abatidos los creadores, los pensadores, la gente de genio y virtud. Así podríamos pasárnosla, compilando un macabro e interminable informe de parientes, amigos y conocidos que han muerto desde que se importó la primera pistola a Guatemala.

Todo, porque a algunos se les ocurre que la paz se alcanza incrustándole un centímetro cúbico de plomo a los demás (el modelo prototípico de revólver llevaba el infame nombre de ?peacemaker? – ¡el ?pacificador?…!)

Y, sin embargo, todavía hay quienes deliran con que vamos a vivir mejor si se derrochan más recursos en sistemas de vigilancia, guardias privadas y donaciones para imponer el orden, en lugar de educar para el respeto.

Todavía hay quienes pregonan que necesitamos mantener un aparato de ?seguridad? nacional (ah, despropósito, el de tan socorrida expresión), apoyado sobre instrumentos de muerte. Todavía hay quienes fantasean con que la solución para combatir a delincuentes vagos y andrajosos es criar… delincuentes adinerados y de buena familia.

Todavía hay quienes califican de muy ?hombre? al que pretende zanjar diferencias baleando a otro. Hay quienes insisten en que debemos andar… armados.

Señoras, señores, de una buena vez enterémonos (del verbo enterar, no ?enterrar…?): la acción de un arma de fuego contra una persona no sirve para NADA bueno. Ricardo Andrade era un buen músico, un cantante desenvuelto, optimista, presente en la vida de la juventud guatemalteca.

Ricardo Andrade no murió de viejo, ni enfermo, ni por accidente, ni por andar enredado en problemas, ni arriesgándose tontamente. Fue abatido, porque algunos quieren hacer creer que con una bala arreglan y terminan todas las cosas. Qué bueno que tu legado, Ricardo, tu amistad y tu música, nunca terminarán así.

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